La adopción

Me llamo MAD HATTER. Soy un bebé gata y tengo que reconocer que me encuentro muy bien en esta casa.

Mis orígenes están en la calle. Recuerdo con nostalgia el día que llegó una señora y se acercó con mucho sigilo al lugar en donde me encontraba junto a mi madre y mis cuatro hermanos.

Soy incapaz de perfilar con nitidez cómo era ese lugar. En mi mente aparecen desdibujadas imágenes de tierra, matorrales y un pequeño muro que nos protegía del viento.

Era tan pequeñita que apenas podía abrir los ojos. Lo único que recuerdo con claridad de este momento son dos zapatillas de color amarillo neón que cada vez se acercaban más a mí y me deslumbraban. Parecían los focos de luz que yo veía pasar por las noches a lo lejos.

Incluso pensé que venían caminando hacia mí para desintegrarme.

Cuando la señora de las zapatillas de color amarillo neón se agachó a nuestro lado y me eligió de entre mis hermanos, acurrucándome entre sus brazos, mi madre me miró con gran tristeza.

La señora me sostuvo examinándome con mucho cuidado y, después de un tiempo de duda, no estaba segura de mi sexo, se volvió y por donde vino se fue alejando en dirección a su coche, aparcado a la entrada del camino. Lo que no sabía era que esta señora determinaría mi futuro.

Fue la primera vez que tuve la ocasión de ver un espécimen de la raza humana.

Me despedí de mi familia gatuna con unos espantosos maullidos a los que sólo respondió mi madre con cara de resignación. ¡La suerte estaba echada!

Durante todo el camino que nos separaba del coche la señora que me llevaba en brazos me masajeaba con tanta delicadeza que hasta me puse a ronronear.

Viajé dentro de un transportín para gatos tamaño XXL hasta el centro de la ciudad, que era donde estaba la que iba a ser mi casa, a unos veinte kilómetros de donde había nacido.

Desde entonces, y hasta que pasó una semana, no paré de estornudar. Una forma de manifestar, supongo, la inadaptación a mi nueva vida.

—Vaya con la elección más desacertada que he hecho ¡Una gata enferma! Lo que me faltaba —le oí decir a la señora con cara de preocupación a punto de estallar en llanto.

Un comienzo muy poco esperanzador.

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