Mi primer viaje en tren

El curso escolar estaba a punto de terminar. La princesa ADA, muy ajetreada, trataba de llenar su maleta de juguetes, cuidadosamente seleccionados, para llevárselos de vacaciones.

La tarea no era nada fácil, más bien difícil, decidir qué llevarse para las vacaciones y que dejar en casa. Tomaba un juguete y lo guardaba en la maleta, dudaba, lo sacaba y no sabía qué hacer, si volver a meterlo en la maleta o dejarlo sobre la cama. Al fin el orden fue: primero sus dos juguetes favoritos, la edición especial del sombrerero loco de Alicia y Wonder Woman a caballo, la princesa guerrera de las amazonas. A continuación, empezó a meter las Monster. Sus favoritas Clawdeen Wolf, hija del hombre lobo y Frankie Stein, hija del monstruo de Frankenstein. Por último, puso sobre la cama a Skelita Calaveras, hija de dos Esqueletos; a Draculaura, hija del conde Drácula; a Vándala Doubloons, hija de un pirata fantasma con pinta de hippie; a Abbey Bominable, hija del Yeti y a Nessie, hija del monstruo del Lago Ness. Como no le cabían todas eliminó a Vándala y a Nessie al azar con la retahíla:

Pinto, pinto, gorgorito

dónde vas tú tan bonito

a la era verdadera,

pim, pam, pum fuera.

No le queda espacio ni para el bañador. ¡Buff! Y por encima de todo, en los pocos huecos que quedan trata de meter los peluches a presión, a Bone, una novela gráfica y al libro de Harry Potter y la piedra filosofal.

—¡Oh, no! —resopló su madre—. Los juguetes se quedan. Nuestro equipaje no debería exceder de dos maletas, la mochila con el ordenador del trabajo y el transportín con la HATTER.

Su madre, que tiene mucha práctica organizando maletas, consiguió encajar la ropa de las dos en la maleta grande.

La princesa ADA se sale con la suya y hace varios intentos de cerrar su maleta sin dejar fuera alguna oreja o algún rabo de sus peluches, una vez que lo consigue levanta la cabeza y, haciendo un giro panorámico, descubre que encima de su cama se ha dejado su peluche preferido e inseparable, PepeBu, el burro guardián de sus lágrimas, de sus miedos y de sus sueños.

—¡Chsssss! —me susurra al oído—. Lo llevaré dentro de tu transportín. ¡Qué cabeza de chorlito la mía!

El día de nuestra marcha sonó el despertador una hora antes de que amaneciera y al rayar el alba habíamos tomado un ligero desayuno.

La madre daba instrucciones detalladas para no tener ningún contratiempo en el viaje. Al mismo tiempo metían el equipaje en el ascensor.

—¡Pobrecilla HATTER!— dijo la princesa ADA inclinando su cabeza hacia la rejilla de mi bolso-transportín —Galicia está tan lejos de Madrid… Son muchas horas de tren ¿cómo llegará mi gatita?

Pues sí que fue largo el viaje. Y también horrible. Pesado. Fatigoso.

Viajé de polizón dentro de un bolso-transportín. Como no tenía billete no me metieron en mi confortable transportín tamaño XXL. Durante las cinco horas que duró el viaje mantuve silencio. No sé si fue con el mareo o con la angustia nadie en el vagón se dio cuenta de mi presencia. Yo puse todo de mi parte, me esforcé en sisear, escupir y gruñir en silencio. No le deseo a nadie pasar por esta tortura. ¡Ay! ¡Cuántas horas!

Cuando me parecía que el viaje no terminaría nunca, llegamos a nuestro destino: Boiro, situado en el litoral norte de la ría de Arousa. Es otro mundo. Una vida diferente. Promete. Olfateo el mar.

Toda la familia nos recibió con gran alborozo. Lo primero que hicieron fue abrir el bolso-transportín en el que me llevaban, esperando ansiosos a que saliera zumbando. No se daban cuenta de que mi cuerpo tenía que recuperar la flexibilidad. Poco a poco empecé moviendo mis orejas, que hasta ese momento permanecieron hacia atrás por el miedo. Estiré mis bigotes. La rigidez de mi cola desapareció y mi mirada se suavizó.

En señal de protesta, antes de salir, les bufé un poco. Se rieron con mi bufido ridículo y me llamaron fierecilla.

Cuando consideré que estaba preparada hice una salida triunfal dejando a todos aliviados al comprobar que había llegado en buenas condiciones, aunque sí, debo reconocerlo, un poco mareada y atolondrada.

No tenía ni ganas de comer. Pasados unos segundos, después de beber y aliviarme en la arena, me fui estabilizando del mareo y recuperé mis fuerzas.

Fui bien recibida y festejada. Manifestaron su satisfacción pasándome de unos brazos a otros como si a todo el mundo le cayera bien aun sin conocerme.

Hice todo lo posible por responder cariñosamente a las alabanzas que me hacían los mayores sobre mi aspecto, restregándome en sus piernas y dando saltos acrobáticos de alegría. Lo que voy a decir, aunque suena a gata engreída y a pesar de que los gatos tenemos fama de egoístas y poco aduladores, es que cuando quiero soy una gata cortés y agradecida.

Enseguida mi instinto me alertó y comencé a caminar con pasos torpes hacia el exterior de mi casa de vacaciones para inspeccionarla.

Lo que vi era una novedad muy importante para mí y posiblemente el preludio de nuevas aventuras. Tres grandes terrazas que, cuando las recorrí, me hicieron sentir tan libre como antes de separarme de mi madre y de mis hermanos. El aire era más fresco que en Madrid y con olor a mar. No me aburriría. De ninguna manera.

—HATTER, ya huele a vacaciones, es el olor del mar— dijo la princesa ADA entre risas cuando estábamos llegando.

Doy un salto a una rama del magnolio, de aquí inspecciono las camelias, olfateo los naranjos y el limonero, corro entre las calas y cuando cojo impulso para trepar por la pérgola como las plantas trepadoras que se enredan en ella, mi instinto me paraliza. Escucho con atención durante unos segundos. Con pasos muy sigilosos comienzo a trepar por el tronco de una buganvilla roja, confiando en que no me iba a resultar difícil llegar a la cima, me quedé perpleja con toda la fauna que allí había: torcaces, gorriones y dos nidos de mirlos que alzaron el vuelo en cuanto notaron mi presencia. Se me hizo la boca agua, pues nunca antes se me había puesto a tiro ningún pájaro. Con este alboroto alertamos a un grupo de gaviotas que planeaban con ansia sobre nosotros con vuelos hiperbólicos y graznidos espeluznantes.

Enseguida, cómo no, mi instinto cazador se despertó. Intenté hacerme con una situación dominante para demostrar a todos que este terreno me pertenece y que estoy dispuesta a enfrentarme al que intente acercarse. Mi pelo se erizó desde la cabeza a la punta del rabo, con el cuerpo erguido y mis sentidos aguzados. Estaba lista para el combate. ¡Esto sí que es vida en estado salvaje!

Pero la aventura terminó sin haber empezado. 

—HATTER, HAATTER, HAAATTER…! ¿Dónde se ha metido la HATTER?—.Varias voces me llamaban gritando de forma escalonada. 

—¡Buscadla inmediatamente! —rugió la voz del abuelo—. Rápido, a las terrazas. La puede atacar una gaviota. ¿No escucháis sus graznidos discordantes para llevarse al pico todo aquello que se mueva?

Me desinflé al instante y comprendí que debería ser más cautelosa ante lo desconocido. ¡Pasé mucho miedo! 

Me cerraron inmediatamente las puertas correderas de la terraza. ¡Con lo que me gustaría ser una gata sin fronteras!

—No te pongas triste, HATTER —me dijo la princesa ADA acogiéndome entre sus brazos— Cuando quieras salir, yo te cuidaré para que nadie te haga daño.

¡Cómo no voy a estar triste! Con lo bien que lo podría pasar siendo libre, haciendo lo que quiero, corriendo por donde me apetece para poner a los pájaros en fuga. ¡De cazadora casi me convierto en cazada! 

Pero claro, tienen miedo de que me largue por tejados y terrazas. Como los gatos tenemos fama de llamar a la relación con los humanos, nuestros dueños, una asociación libre que podemos romper nosotros los gatos cuando nos dé la gana, creen que puedo desaparecer para no regresar jamás.

Si se me presentara la oportunidad haría algunas escapadas, pero volvería siempre al lado de mi hermana adoptiva. No la abandonaré.

Solo ella, y cuando digo solo ella es SOLO ELLA, encuentra significados a mi idioma, a mi particular lenguaje.

Cuando ronroneo RRRRRRR, RRRRRRRRR sabe que es porque estoy a gusto.

Si le suelto un ¡BUURRRR! sabe que le estoy llamando pesada. ¡Para ya!

Un MIAU significa hola, buenos días, hazme caso.

Si alargo la vocal “u” MIAUUUUUUU es que quiero comida, que me abra la puerta, agua…

Con el MIUUU entiende que no debe molestarme, porque se aleja y me dice “gata antipática”.

Todos los días cuando regresa de la calle le suelto un MIAWOU y ella sabe que es porque me ha dejado sola mucho tiempo.

La vida en casa de los abuelos es diferente a la que se hace en Madrid. La familia de la princesa ADA que pasa aquí el verano -tíos, tías, primos, primas-, crea un ambiente festivo bullicioso. Todos están muy a gusto, claro que a casa solo vienen a comer y a dormir. Se pasan el día en la playa. Eso me gusta. Yo, mientras, hago excursiones tranquilamente por toda la casa dejando que se deslice el tiempo libre de inquietudes. Duermo pequeñas siestas sobre las piernas del abuelo, que es el que más para en casa y, además, no se enfada cuando se me da por afilar las uñas en el reposacabezas del sillón a pesar de la bronca que le cae cuando llega la abuela controladora. Es muy cariñoso conmigo y se enfada cuando los pequeños se pasan de brutos jugando, temiendo que me puedan hacer daño. Más de una vez me libró de alguna zapatilla voladora. 

La cocina es mi lugar favorito. Amplios ventanales por donde me abrazan los primeros rayos del sol y desde donde permanezco vigilante, sin ser vista, para hincar el diente a las grandes bandejas de carne o de pescado que cada día dejan sobre la encimera para luego cocinarlas. Soy una gran simuladora. Simulo dormir para observar mejor. Es como una fijación, una irresistible tentación. Me siento, a veces, culpable y avergonzada porque todos los días me ponen en el plato las mejores croquetas del mercado. Es como una fuerza oculta que me empuja y ¡ZAS!, un salto y encima de la comida, sin sombra de arrepentimiento. La verdad es que no pongo nada de mi parte para superarlo. 

Algunas veces me pillan con las “zarpas en la masa”. Entonces corren detrás de mí gritando insultos y amenazas hasta que consigo esconderme ¡Pero si solo son pequeñas dentelladas! No es para montar tanto escándalo.

Cierto día, cuando ya estaba entrenada en mordisquear y chupetear las bandejas de carne o de pescado en la encimera de la cocina, al parecer se me fue la zarpa. Sucedió todo después de uno de mis tantos latrocinios. 

—¡HAAAAAATEEEEEER! ¿Dónde está mi gatiña linda? Ven aquí preciosa. Esa voz me resultaba conocida, la abuela, seguro. Había algo que desconcertaba mi instinto. Ese matiz dulce, delicado y hasta cariñoso alargando las vocales…

Agucé aun más mi oído y pensé:

—¡UFFFFFFFF! Aquí hay “humano encerrado”.

La abuela actúa igual que los felinos, que con nuestro “MIAU” multiuso conseguimos todo lo que queremos. Se cree que soy tonta y que me va a engañar con esa vocecita. Entre la desconfianza que me inspiraba y que mi panza, a punto de reventar, no me permitía dar un paso, me estiré sobre el otro costado con las patas extendidas hacia fuera, bostecé y completamente feliz decidí seguir durmiendo en mi escondite.

Los alaridos de la abuela atronaban la casa. Se volvieron iracundos y furiosos.

—¡MADD HATTER!!!!! ¡Donde quieras que estés, te encontraré! ¡Gata ladrona! ¡Desagradecida! ¡Desvergonzada! ¿Cómo has conseguido arramblar con la rodaja de merluza enterita? ¡La merluza del pincho! ¡Vaya con la gata sibarita! ¡Te arrastraré fuera de tu escondite y te lanzaré por la ventana! Razón no me faltaba a mí, eres la “ilustre” representante de la más “ilustre” estirpe del gato callejero.

Con lo sabrosa que estaba esa merluza… y la que me espera. La abuela no para de aullar. Lo que no entiendo es eso de “merluza del pincho”, con lo jugosa y melosa que resultaba al paladar. No me ha pinchado para nada.

Esperaré bien escondida a que pase la tormenta y se apacigüen los ánimos. Como pasan tantas y tantas.

Mientras tanto, reflexiono cómo puedo hacer para acabar con estas fechorías, porque los quiero a todos mucho y, cuando se enfadan, con razón, me duele. 

Pienso que en mi defensa puedo alegar sólidas razones, que son las siguientes:

  1. Hoy se olvidaron de ponerme mis croquetas.
  2. Mi olfato me dirigió hacia la merluza impulsándome como si fuera un cohete.
  3. La primera dentellada que le pegué me invitó a saborearla y a paladearla con entusiasmo.
  4. Me divertí la mar haciendo una transgresión. 

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