La Boda

Por fin se casan, después de llevar casi un año organizando la boda ha llegado el día.

La novia, ansiosa, se está preparando con su familia. La casa de mis abuelos, sus padres, parece un hormiguero desorganizado. Llevan toda la mañana chocando todos con todos. Desde muy temprano empezaron los preparativos, que si unas maquillándose, que si los otros afeitándose, … Bueno yo no, yo no tengo que hacer nada de eso. Al ser pequeña, estoy bien al natural.

Es un rollo esto de la boda. Estamos a finales de mayo y ya huele a verano y a playa. Cuando visito a mi familia, mis abuelos y mis tías me empachan de mimos y de juegos. Lo que más me gusta es cuando desembocan esos juegos-mimos en la playa. Hoy no hay nada de eso, y aparte de no hacerme caso, están insoportables.

Berreo y tiro todos mis playmobil a ver si se enteran de que estoy aquí. Lo único que consigo es que mis abuelos le reprochen a mi madre por mi educación.

—¡Estás malcriando a esta niña, no deja de molestar! —gruñe mi abuela nerviosa.

—¡NOOO!, lo que pasa es que estáis insufribles por los nervios de la boda! —contesta mi madre mirándome.

Mi madre, la primera en estar preparada, lleva un vestido de lino impecable.

—Necesito un café— dice mientras abre un mueble en la cocina del que cae una cafetera rebosante de café de puchero recién hecho.

—¡Ahhh, me he quemado, mi vestido! —protesta mi madre desesperada.

—¿¡Qué has hecho!? ¡Lo has manchado todo! —le regaña mi abuelo.

Mientras mi abuela y mi madre improvisan un nuevo atuendo apropiado, mi abuelo limpia rápidamente el suelo.

A mí me ponen un vestido blanco con unos zapatos rojos.  Me gusta lo que veo en el espejo mientras me llegan palabras sueltas que no comprendo del todo: algodón egipcio, manoletinas italianas… Mi yo del espejo frunce el ceño.

Los que estamos preparados nos plantamos impacientes en el recibidor. En realidad, a mí me colocan ahí a la fuerza. Al pasar por la sala de estar, había decido quedarme a hacerle compañía a la tele.

Aparecen los abuelos. La abuela está muy guapa con su vestido nuevo de colores, pero el abuelo parece Pepito Grillo. No me gusta su pajarita verde. Me regañan porque sobo a la abuela. Me encanta el tacto de ese tejido que sale de unos gusanos.

La novia sale de su habitación vestida de la cabeza a los pies de color hueso. Mis abuelos y mis tíos aplauden y le dicen que está preciosa. A mí me parece que va muy hortera. Mi tía pequeña le acerca a mi prima que aún es un bebé. Al ver a su madre estornuda provocando una gran lluvia de mocos y babas que forman una constelación en el vestido de novia.

—¡El vestido se ha manchadoooo, ayuudaaa! — dice la novia aguantando las lágrimas.

—¡Ven! — dice mi abuela arrastrándola a su habitación.

Después de una eternidad encerradas en el cuarto de mis abuelos, la novia sale con el vestido limpio. Al final tendré que aceptar lo que dicen mis tías de mi abuela, que es un poco bruja.    

—¡Hala, qué guapa! —le dice mi tía pequeña a su hermana.

Mi prima, desde su carrito, extiende los brazos para que la coja su madre.

—Creo que no debería volver a acercarme a ella. —dice la novia.

Cuando estamos todos en la entrada a punto de salir pienso que casi todos han crecido y me siento aún más pequeña. Enseguida me fijo en que todas las mujeres, incluida mi madre, se han puesto zancos.

Por fin nos vamos. Yo voy con mis abuelos en su coche. También llevan a mi prima mayor que me coge de las manos para jugar conmigo:

En la calle – lle
veinticuatro – tro
se ha cometido – do
un asesinato – to

Aparcamos cerca una especie de mini castillo. Mi madre me dice que es un Pazo. En la entrada se amontona un montón de gente que espera a la novia. Están impacientes e insoportables, sobre todo insoportables.

—¡Ya está aquí! —grita mi abuela.

Intentamos entrar todos a la vez en el Pazo. Pasamos por un jardín esquivando mesas con aperitivo.  Mi prima me arrastra sin mirarme hasta un prado sembrado de sillas.

—¡Ouch, mi ojo! — digo llorando después de tropezar y darme con la esquina de una silla.

Nos sentamos, y hasta que empieza la ceremonia no paran de preguntarle a mi madre por mi ojo morado.

La música suena, pero yo no estoy de humor. Además, menudo rollazo de música.

Por fin aparece el novio cogido del brazo de su madre que llora.

La novia también aparece, pero de la mano de mi abuelo, que parece emocionado.

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Se suben a una especie de pedestal en el que les espera una señora que dice:

—Así, pues, ya que queréis contraer matrimonio, unid vuestras manos, y manifestad vuestro consentimiento…

La señora, a la que mi madre llama oficiante, sigue y sigue recitando, ¡qué lata!

La hija de la novia, que está en primera fila en el regazo de mi tía, interrumpe a la señora con llanto y una perorata:

—¡QUIIIIEEEROOO TEEETAAAA! — parecía estar diciendo

Todos se echaron a reír.

La novia, baja de la plataforma y le da instrucciones a su hermana para que le dé un biberón al bebé.

Otra de mis tías se sube al pedestal y lee un texto que habla de que todos somos un mar de fueguitos.

—Es una delicia de texto— me dice mi madre.

—Bueno, si ya cesan las interrupciones, puede besar a la novia—prosigue la oficiante.

Se besan y todos aplauden, emocionados. Yo mantengo mi mejor cara de amargada.

La novia hace el amago de tirar su ramo de flores.  Ante el asombro de todos se acerca a mi madre y se lo da. Mi madre llora y yo no lo entiendo, ¡si es solo un ramo!

El pazo-minicastillo tiene un restaurante. La comida está buenísima. Me zampo mis raciones de marisco y parte de las de mi madre. La bebida de los mayores también tiene que estar muy buena, los camareros no paran de llevar y traer botellas verdes.

Traen una tarta inmensa. Yo me asusto porque le dan un sable al novio. Mi tío coge la mano de la novia y entre los dos cortan la tarta con mucha destreza.

A mí me duele la tripa de tanto comer. Lo único que quiero es volver a casa de los abuelos y tumbarme a ver la tele. Me hago ilusiones porque salimos del restaurante.

En el jardín nos retiene una pequeña orquesta que empieza a tocar una música que te envuelve y te hace girar.  La novia, busca al novio para bailar.

Tiempo de Vals es el tiempo hacia atrás
Donde hacer lo de siempre es volver a empezar
Cuando el mundo se para y te observa girar
Es tiempo para amar

—¿Habéis visto a mi marido? —pregunta la novia preocupada.

Tiempo de Vals, tiempo para abrazar
La pasión que prefieres y hacerla girar
Y elevarse violenta como un huracán
Es tiempo en espiral

—Lo he encontrado… —dice mi abuelo —está en la sala de mantenimiento “descansando”.

Yo también quiero descansar, tengo mucho sueño y me aburre ver a la gente bailar. Parece que los mayores solo piensan en pasárselo bien. Se me cierran los ojos cuando la novia se acerca con mi primita y una chica desconocida vestida con vaqueros y una camiseta.

La chica nos lleva a una sala en la que hay una tele y dos sofás. Me tiro en uno y antes de que encienda la tele me quedo dormida.

Cola de palabras

De un libro tirado sobre la alfombra sale una cola de palabras que recorre la estantería colando palabrotas en los libros infantiles. Atraviesa el suelo del salón y se mete en el periódico falseando aún más sus noticias. Sale por una esquina y trepa por un gato enredándose en sus bigotes, haciéndolo ladrar y vomitar letras qué se ordenan formando palabras que forman la cola que se cuela en la boca del dueño del gato. El hombre, siente una incontinencia verbal que inunda el salón de tonterías y galimatías que sienten la necesidad de salir del edificio. Se introducen en la señora de la limpieza que se va. La señora grita mientras se dirige al mercado donde la cola sale disparada y salta de persona a persona para avanzar más rápido. Cansada de tanto saltar, se mete en un taxi que va al aeropuerto. La cola se aburre haciendo que su portador importune al taxista. En el aeropuerto elige a una niña que les dice a sus padres que tiene algo dentro. En el avión, la niña escupe palabras en los libros digitales. Un grupo de palabras cae en una obra que le recuerda a su hogar. El resto vuelve a formar la cola encima del lector solitario de la obra que bebe ron.  La cola hurga en sus pensamientos descubriendo su soledad. Se entremezcla con ellos y de la mano del lector cae un puñal.

Mi princesa

Al poco tiempo de estar en mi nueva casa me enteré de que la princesa ADA, cuando nació, era “La princesa del Mar”. De hecho, se hizo amiga de alguna de las princesas que pueblan los cuentos clásicos, descubriendo, mientras recorría sus reinos, que sus historias fueron modificadas con el paso del tiempo y la tradición oral. Las princesas que conoció mi Princesa eran valientes, justas, osadas y, sobre todo, independientes.

Lo de “princesa del Mar” viene porque su nombre de pila es Itxaso, nombre en euskera que traducido al español significa Mar.

Transcurridos unos pocos años, a medida que crecía, se hizo merecedora de este nuevo título principesco “princesa ADA”.

Seguro que todos estáis pensando que lo de ADA es un error ortográfico y que en realidad es una princesa con poderes mágicos. Así lo creía yo porque a la hora de hacer los deberes la letra hache es su horripilante pesadilla.

—Mamá ¿Por qué tengo que escribir la hache si no tiene sonido? Sólo me gusta combinarla con la C para formar la CH —le decía a su madre.

Yo, es cierto, me llevé una decepción cuando me enteré del origen de su principesco nombre. ADA viene de desorden-ADA, despist-ADA, atolondr-ADA y un poco chal-ADA. Así entiendo por qué su nombre no lleva hache.

Pese a todas estas -ADAS mi hermana adoptiva es muy especial, sensible, delicada y cariñosa. Nada fácil, eso sí. A veces es distante cuando a mí me entran ganas de morder sus pies, sus manos o lo que primero alcanzo de su cuerpo. Por momentos me emociono tanto que las caricias y los mordiscos van acompañados de pequeños arañazos.

Jugamos y nos enfadamos o nos enfadamos y jugamos.

Si a ella no le apetece jugar, alarga el brazo para hacerme aspavientos. Yo, que soy astuta e ingeniosa, consigo siempre lo que quiero llamando su atención con mis habilidades.

Cuando llega del colegio, me coge en brazos para saludarme cariñosamente. Yo la respeto mientras merienda y cuando hace los deberes.

La observo desde lejos, sin más. Cuando termina y se tumba en su sillón favorito, aprovecho para saltarle encima y empezamos el rifirrafe. Hace todo lo posible para que me oville a su lado a descansar. La verdad es que yo, que paso casi todo el día sola en casa, estoy cansada de descansar. Empiezo de forma suave mordisqueándola por donde puedo, cariñosamente, sin hincar los dientes.

Me dirige una mirada cargada de reproches gritando tanto que su voz se clava en mi cabeza como una dentellada.

—¡HATTER, PESADA!

¡Qué ganas de darle un zarpazo!

No me doy por vencida, solo quiero que me dedique más tiempo y atención. Parece que tiene el gen felino “déjame en paz que ahora no quiero yo”. Decido alejarme y payasear probando otra táctica.

Soy especialista en abrir las vitrinas de los muebles del salón. Se necesita tener equilibrio y muchas horas de entrenamiento. Desde una de las sillas, estiro mi pata derecha delantera y con mucha delicadeza desplazo poco a poco una de las hojas de la vitrina donde guardan la cristalería hasta que me permita entrar. Una vez dentro, las copas empiezan a tintinear provocando sonidos disonantes. Inmediatamente, la princesa ADA se levanta del sillón como empujada por un muelle, mete su delicada mano dentro de la vitrina y me rescata con mucho cuidado para no empeorar el estropicio.

—¡Hatter, gata chalada! Menuda bronca nos va a echar mi madre —, me susurra al oído con cariño —. Me rindo, gatiña, jugamos al pilla-pilla y a recoger pelotitas.

Me lanza una de mis pelotas por encima de las molduras altas de los armarios o la encesta dentro de los jarrones hondos que hay en el salón. De todos estos lugares la saco muy hábilmente con la pata y se la devuelvo entre los dientes. Ella sabe muy bien las reglas del juego. Me la arroja lejos otra vez. Enseguida estoy de vuelta con ella en la boca. Y otra vez que me la tira, y otra vez que se la devuelvo. A veces me lo pone difícil, pero para mí no hay obstáculos. Hasta que me canso y decido poner “The end“.

En pocos segundos ponemos todo patas arriba. Su madre, al entrar, se pone roja de ira supongo que para no dejar salir los gritos, y le ordena que recoja soltándole un discurso sobre el orden.

Me avergüenza confesar que yo me aprovecho de su faceta desorden-ADA porque la culpa recae siempre en ella y la mayor parte de los destrozos tienen mi firma: piezas de legos y playmobil esparcidos por toda la casa, folios achinchetados en el despacho de su madre que acaban en el suelo, libros taladrados por mis dientes… En fin, en un rincón lejano de mi conciencia me dan patadas todas estas piraterías que siempre terminan mal para la princesa ADA, que acaba recogiendo todo y lloriqueando por tal injusticia.

Aun sollozando, se tumba en el sillón arrebujada con su manta roja, le salto encima para consolarla y pedaleo con mis patas en su barriga como si estuviese amasando, hasta conseguir que sonría, haciendo RRRRRRRRR, RRRRRRRRRR.

—¡A la ducha! —grita su madre desde la cocina.

La sigo y espero impaciente su salida. Me provoca a través del cristal transparente de la mampara lanzándome chorros de agua y poniéndome caritas. Yo intento tocarla con mis patas, pero lo único que consigo es resbalar. Se ríe.

En cuanto sale me lanzo a sus piernas mojadas pasándole mi lengua rasposa con ansia. Lo hago para pincharla porque sé que le resulta desagradable. Acabo dentro de su albornoz en contacto con su cuerpo mojado rodando por la cama, hasta que mi olfato se anticipa a la llamada de que la cena está a punto. Mi rapidez y agilidad me permiten llegar la primera al salón. Me subo a la mesa, me siento a la espera de que me sirvan. Como de todo lo que pueden servir. A la hora de la cena soy omnívora. Me encanta compartir, hasta degusto los dulces ¡una hazaña increíble! Para que luego se diga que las papilas gustativas de los gatos rechazan el sabor dulce.

Mientras se lava los dientes y hace pis, me acomodo en su cama. Me hago la dormida, pero en realidad espero impaciente que lea en voz alta lo que sigue de la historia de la noche anterior. Lo mismo me lleva con Alicia al país de las maravillas que se me hace la boca agua con las historias del ratón Gerónimo Stilton y de su hermana Tea. Aunque últimamente me estoy convirtiendo en una gata aprendiz de magia y hechicería con Harry Potter. Estoy convencida que es su personaje favorito desde que estuvo en Harry Potter, The Exhibition, en Madrid.

Algunas noches, en vez de continuar con la historia del día anterior, coge varios libros de la estantería y le pide a su madre que entre las dos lean fragmentos de cada uno. La noche pasada conté hasta… ¡SEIS!

El primero fue un capítulo del último libro de una saga que le causa sensación desde que conoció a los autores, Pedro y Luján, en una librería de Alcalá de Henares. Princesas dragón va de tres princesas que rompen con los estereotipos de los cuentos de princesas clásicos. Dice la princesa ADA que las tres son superheroínas.

Del siguiente, cuarto libro de otra saga que le encanta, Bone, leyeron tres capítulos. Su madre opina que es una de las mejores novelas gráficas para todos los públicos, una historia de fantasía más corta y divertida que El Señor de los Anillos.

Para finalizar, diversos y entrañables personajes nos siguieron hasta nuestros sueños: Pippi Långstrump acompañada de su irreverencia y del Señor Nilsson; el Principito y el zorro domesticándose mutuamente; Beppo Barrendero contándole a Momo que la vida se afronta mejor pasito a pasito “…a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso-inspiración-barrida. Paso-inspiración-barrida.” y Atreyu acudiendo a la Vestusta Morla en busca de respuestas.

“Leer es otro modo de volar” está grabado en una lámina que decora su habitación.

Dentro de poco cumpliremos años. Yo, el año uno y mi princesa el ocho.

Me enteré de que me quieren dar una sorpresa con una tarta de pescado con una vela. Dicen que hay que pedir un deseo a la vez que la soplas. El deseo que voy a pedir no se puede contar, pero sí os puedo contar cómo decidí el regalo para la princesa ADA.

Mientras dormían, la noche anterior al cumpleaños, puse en práctica mi plan diseñado con anterioridad. Subí sigilosamente al ático, salté encima de su mesa de estudio buscando los ocho botes de témperas de colores. Uno a uno los fui tumbando para comprobar si alguno estaba mal cerrado. ¡Tuve suerte! Enseguida me di cuenta de que el marrón y el rojo empezaban a derramar la pintura sobre la superficie esmaltada de la mesa. Salté a la impresora, mordí un folio y lo trasladé a la mesa. Posé mi pata delantera derecha sobre la pintura y dibujé una gran HACHE en el centro del folio. Para que esta piratería no llevase mi huella salté a la papelera sobre un gurruño de papel y froté mi pata hasta que quedó completamente limpia.

Admiré con sorpresa y orgullo los trazos tipográficos y sobrealzados de mi obra.

Bajé casi volando las escaleras del ático con el folio de la HACHE en mi boca y lo coloqué sobre la almohada, al lado de su cabeza.

¡Muchas felicidades! Yo, MAD HATTER, gata carey y con una M mayúscula en la frente te doto, con esta HACHE, de poderes y habilidades superiores que te convierten en HADA.

Kat Hacker

La princesa ADA llegó un día con un maletín de plástico transparente con compartimentos llenos de cables y de piezas LEGO. Le dijo emocionada a su madre que en el cole les habían mandado hacer un proyecto de robótica.

¡Se me pusieron los ojos como platos! ¡Me encantan las piezas LEGO! En cuanto la princesa ADA se despista las engancho una a una con la boca y juego con ellas por toda la casa hasta que se me pierden debajo de la nevera o del mueble de la tele.

La madre se puso eufórica, casi saltaba de alegría, y empezó a trastear con el contenido de la caja a la vez que monologaba sobre microcontroladores, sensores de movimiento y de inclinación, motorcitos y sobre lo cómodo que es programar en la tablet y enviar las órdenes por Bluetooth

—No te emociones con mi proyecto. Lo vamos a diseñar y a construir mis amigos del cole  y yo. Si nos atascamos con algo, ya te pediremos ayuda. —le oí decir a la princesa ADA muy enfadada.

—Explícame al menos que pensáis hacer.

—Una gata robótica del mismo tamaño y colores que HATTER. Será lista, juguetona y rápida. Pedirá mimos y cuando te acerques, ronroneará. Cuando la acaricies en el lomo, se pondrá patas arriba para que le hagas cosquillas en la barriga. No podrá saltar y así no me morderá los deberes ni tirará mis juguetes. Tampoco podrá sacar las uñas y así no arañará los sillones.

—Suena requetebién. Os dejo trabajar —dijo la madre sin estar muy convencida, mientras que a mí se me cayó el alma a los pies. Si consiguen acabar ese proyecto ¿quién va a necesitar a una gata de verdad pudiendo tener a una cibernética? Un cibergato no da alergia, no suelta pelos, no rompe vasos, no araña los muebles, no come, no bebe, no necesita arena…, en definitiva, sólo tiene las cualidades buenas de un gato.

Pasé un par de días muy, muy triste sin levantar cabeza.

—Hatter, ¿qué te pasa? —decía la madre cada vez que se topaba conmigo. Me lanzaba pelotas, agitaba una cuerda de colores y yo no reaccionaba.

La madre, muy preocupada, al tercer día de verme angustiada, me metió en mi transportín y me llevó al veterinario. Me exploraron concienzudamente, pero no encontraron la causa física de mi aflicción.

—Hatter, ¿no estarás deprimida, verdad? —me dijo la madre, en el coche, de regreso a casa—. A ver si vamos a tener que buscar un psicólogo para felinos. Mientras tanto me soltó una perorata sobre depresiones, abatimientos, infelicidad y sobre toros que no se cogen por los cuernos que me hizo reflexionar y cambiar de actitud.

Y así fue como decidí que lo que debía hacer era boicotear el proyecto. 

Dediqué varios días a elaborar una planificación estratégica cuyo único objetivo era neutralizar a la cibergata.

Mi primera táctica fue deshacerme del mayor número de piezas LEGO posibles. Todos mis esfuerzos fracasaron. La madre, que nos conoce muy bien a la princesa ADA y a mí, había pedido por internet varios lotes de piezas de repuesto, abundando los de piezas blancas, negras y naranjas como los colores de mi pelaje.

Mi siguiente táctica, pensaba yo, sería más agresiva: su objetivo era destruir los cables que conectaban a la cibergata con la tablet o con el ordenador para dotarla de inteligencia. Una de mis grandes pasiones es la de mordisquear cables hasta que se tronchan. No me gustan todos, los más gordos son peligrosos porque dan calambrazos muy fuertes. El día que mordí el de la televisión me quedé atontada durante horas. Me gustan los finitos, los que no conducen mucha corriente. Mis cables gourmet son los blancos que alimentan dispositivos que tienen pintada o grabada una manzanita mordida. Cuando los mordisqueo, justo antes de romperse, saltan chispas azules y un cosquilleo recorre todo mi cuerpo. Nunca he entendido por qué la madre se enfada tanto cuando rompo los blancos, si tiene la casa llena de cables de todos los colores y grosores…

Cuando se acostaron hice una incursión en el salón para ponerme manos a la obra, pero mi sorpresa fue que no había cables, todo iba por Bluetooth. ¡Mi gozo en un pozo! Aunque eso me dio una idea.

Por las noches, cuando la princesa ADA y su madre están dormidas, paso el rato navegando por el ciberespacio y cometiendo todo tipo de pequeñas ciberfechorías para divertirme. Con el tiempo me he convertido en una reputada Hacker. Me conocen por el nick “KatHacker”. A la madre, que va de experta en ciberdefensa, le he hackeado todas sus cuentas informáticas y he adquirido, gracias a sus trabajos, cierto dominio en el área de la Inteligencia Artificial.

A la par que el proyecto de la princesa ADA y de sus amigos iba tomando cada día más forma felina, diseñé un virus inteligente que introduje en la tablet que usaban para programar a la cibergata y que se pondría en marcha el día que diesen por finalizado el proyecto.

La princesa ADA y sus amigos continuaron trabajando con mucho tesón y enseguida finalizaron la estructura robótica con forma de gato.

—Ha quedado monísima. Ahora sólo nos queda dotarla de tanta inteligencia como Hatter —le dijo la princesa ADA a sus amigos mientras, desde la tablet, le mandaba órdenes sencillas para probarla: camina hacia delante, ahora hacia atrás, maúlla, ronronea, da una vuelta,…—. Quizás le tengamos que pedir ayuda a mi madre. Yo, como mucho, la puedo programar para que salga de un laberinto, pero hacer que se comporte como un buen felino son palabras mayores.

La madre les explicó que lo mejor era ir poco a poco, les habló de un paradigma que se llama “Divide y vencerás” que me hizo encrespar, pues esa fue una de las estrategias más usadas por Julio César y Napoleón en sus conquistas imperiales. Mientras pensaba que se había perdido la poca cordura que quedaba en nuestra casa, los chicos y chicas, muy atentos a las explicaciones, asintieron y dijeron al unísono:

—¡Ya entiendo! Vamos a hacer la APP gorda dividiéndola en trocitos fáciles y, cuando los tengamos todos, los combinamos y ya está.

Entre todos elaboraron una lista con todas las características que querían que tuviese la cibergata, se las repartieron y cada una se sentó delante de una tablet.

La princesa ADA escribió primero un programa al que llamó “PedirMimos()”, mientras una amiga pensaba en cómo escribir “Ronronear()”.

Entre juergas y risas se fue pasando el día y, al final de la tarde, tacharon las dos últimas características de la lista, las más importantes, una vez convertidas en “JugarConHatter()” y “QuererAHatter()”

—¡Mamáaaaaa, ya hemos terminado!

La madre, como les había prometido, les ayudó a juntar todas las piezas en un programa que alimentaría el cerebro del cibergato y al que llamaron MIAU (Minino Inteligente, Autónomo y Ufano). Lo probaron en la tablet de la princesa ADA y cuando estuvieron todos satisfechos se lo enviaron a la estructura robótica.

—Bienvenida, MIAU —dijo la princesa ADA.

—¡¡FFFFFF!! —Bufó la felina cibernética abriendo y cerrando la boca de forma agresiva — ¡¡FFFFFF!!¡¡FFF!!

La princesa ADA se agachó para acariciarle el lomo. MIAU, sin dejar de bufar, giró bruscamente sobre sí misma perdiendo varias de las piezas LEGO de su pelaje. Los niños la miraron estupefactos y la cibergata empezó a ladrar.

—Mamá, tanto esfuerzo para naaadaaaa, esto no funciooooona. Hemos fracasado —sollozaba la princesa ADA mientras por su cara caía una cascada de lagrimones.

La madre cogió la tablet y revisó el código de MIAU minuciosamente mientras dibujaba en un cuaderno flechas que conectaban cajas, burbujas y rombos que tenían dentro unos símbolos muy raros.

—Está todo perfecto. Lo habéis hecho fenomenal.

—BUAAAAAA, BUAAAAAA, yo sólo quiero que Hatter tenga una amiga para que no pase tanto tiempo solita en casa.

—Tranquilas. No sé vosotros, pero yo no me he dado aun por vencida. Está claro que sucede algo raro, vamos a encontrar qué pasa. ¿Me ayudáis?

Conectó al gato a su ordenador con unos cables raros que yo no había visto jamás. Lanzó una APP que llenaba la pantalla de ceros y de unos a tal velocidad que hipnotizaban y empezó a hablar sola de forma ininteligible hasta que entre la letanía de balbuceos empezaron a sonar todo tipo de improperios.

—¡OOOOOOOOHHHH! —Exclamó la princesa ADA—. Me debes un euro con veinte —La princesa ADA, desde que le explicaron en el cole una lección sobre economía básica, cobra una multa, 20 céntimos, por cada palabrota dicha por un adulto.

—¡Un virus! ¿¡Cómo es posible?! Un virus inteligente con el único propósito de boicotear este proyecto —exclamó la madre al mismo tiempo que yo caminaba hacia mi rincón preferido haciéndome cada vez más pequeñita y deseando que me tragara la tierra.

—HATTEEEER, Hatter, preciosa, ¿no sabrás quién ha sido? Menudo ciberdelincuente sinvergüenza, chafar de esa manera el trabajo de estos chicos. La Princesa ADA lo ha hecho todo pensando en ti, en que tengas un compañero…

Y desde ese momento agaché las orejas y acepté la compañía de una compañera cibernética. La princesa ADA, una vez más, me enseñó una lección: cómo apreciar, respetar y llegar a querer a un ser diferente.

Purga con lechuga

Hacía un mes, aproximadamente, de nuestro regreso a Alcalá de Henares cuando mi estómago empezó a resentirse.

Ya os he contado que soy una gata muy higiénica. No dejo pasar un solo día sin dedicar un tiempo a mi aseo personal. Soy autosuficiente con mi limpieza. Escupo en la pata y, con mi saliva aquí depositada, me voy lavando con paciencia y esmero las partes de mi cuerpo a las que no llega mi rasposa lengua. Debo confesar que no lo hago con agua porque la única que está a mi alcance, cuando se olvidan de bajar la tapa, es la del wáter. Si alguien me sorprende se oyen los gritos en toda la urbanización.

—¡MAD HATTER! ¡Guarra! ¡Gata asquerosa!

Con qué gusto me ducharía todos los días con la princesa ADA. Si, ya sé que a los felinos no les gusta el agua, pero yo soy MAD HATTER: además de peculiar, estoy loca.

Lo que me sucede con tanta higiene es que muchos de mis pelos van a parar a mi estómago. Con lo cual, pasados unos días, se me forma una bola que no soy capaz de expulsar, por más que lo intento, ni por la boca ni por el culete, produciéndome serios retortijones de tripa de los que nadie parece enterarse.

Cuando estaba en Galicia no sufría de este mal porque siempre tenía a mano una purga. Las diferentes hierbas que había en las terrazas servían para, cuando las ingería, provocarme el vómito, aliviar mi tripa y expulsar las molestas pelotas de pelos.

Aquí, en Alcalá, no tengo nada a que echar mano para purgarme. Cuando estoy empachada de pelos por más que teatralizo el dolor, todo el mundo parece ignorarlo. Me aguanto. No me queda más remedio.

Hasta que un día a la hora de la cena, mi olfato me guio a curiosear sobre una fuente que tenían preparada en la encimera de la cocina. Al descubrir su contenido, abrí los ojos sin parpadear. Las pupilas se me dilataron al contemplar la ensalada que, además de tomate, espárragos y bonito, llevaba lechuga, rúcula y canónigos.

Ni me dio tiempo a pensarlo. Devoré con ansia todo lo verde. Casi me pillan en semejante latrocinio. Digo semejante porque seguro que pensarían que soy una gata vegana y eso no sería conveniente para mi curriculum, ya tan favorable.

Y funcionó. Funcionó como un revulsivo gracias al cual conseguí expulsar por la boca la enorme bola de pelos.

Cuando me empezaron las arcadas estaba en el salón del que salí casi volando para buscar un lugar escondido esperando la gran náusea.

Os aseguro que no van a dar con la guarrería. Guarrería justificada ¿Qué otra cosa podía hacer para aliviar mi tripa?

Cuando volví a la cocina, eché un vistazo y la fuente continuaba allí como yo la había dejado. De pronto escuché pasos que se acercaban. Me escondí para observar sin ser vista. Era la madre, ya empijamada para dar cuenta de su ensalada. Hubo una pausa en el tiempo y mirando fijamente para la fuente susurró:

—No tiene explicación. Me estoy volviendo loca.

Claro, la princesa ADA ni oler la lechuga y la HATTER, ¿cómo iba a comerse la lechuga y no merecer el bonito que está en la fuente, por encima de lo verde, los honores de sus dientes?

Ya lo creo que sé porque está paralizada y asombrada. Yo disimulo, me hago la sueca. Salgo del escondite. La miro también con cara de asombro y me largo.

Espero que comprenda, con el siguiente latrocinio de lechuga, mis necesidades y me compre una maceta con esas hierbas que tienen propiedades purgativas.

Gata escaldada: nada

Desde siempre mostré curiosidad y atracción por el agua. Con menos de un mes saltaba a la tapa del wáter y, con mucho cuidado para no caer de cabeza, metía la pata y bebía. Bebo a morro de todos los grifos de la casa esperando que se caiga hasta la última gota.

Todos los días, cuando la princesa ADA está en la ducha, espero pacientemente con la cara pegada a la mampara su salida para poder lametear los restos de agua que se quedan en el plato ducha.

El agua para mí es todo un misterio y siento necesidad de explorarla.

Aun recuerdo con nostalgia cuando “Los Piratuchos” me bautizaron con una inmersión en el bidé rebosando de agua. Debo confesar que no me disgustó.

En Galicia, durante las vacaciones, tuve muchas ocasiones de observar el agua en las grandes bañeras que llenaban a diario para bañar a los niños. Acudían a mí sentimientos encontrados de atracción y miedo que no me permitían desvelar ni descubrir el misterio de tanta agua.

Con prudencia y desconfianza al mismo tiempo la observaba embobada, desde lejos, mientras los niños chapoteaban y reían ante la atenta vigilancia de un adulto.

Me vuelven loca los perfumes, hundo mi hocico en los ramos de flores recién cortadas, olfateo con placer todos los frascos que hay en el tocador, eso sí, procurando no tirar ninguno.

Hasta que un día la princesa ADA decidió convertir el baño en un espacio de relajación echando al agua sales, aceite de lavanda y flores de manzanilla imitando a la abuela. Metió una pierna para comprobar la temperatura, luego la otra. Se estiró a lo largo de la bañera y cerró los ojos. El olor a lavanda era un placer para mi olfato. Entonces hice todo lo posible para acercarme sigilosamente. Sé muy bien a donde puedo llegar. Me concentré cien por cien en mi objetivo observándolo con atención y cautela. Un salto con elegancia al borde de la bañera y a guardar el equilibrio.

¡Qué placer, el agua! ¡Y aquel olor tan agradable! La miraba, pero no la tocaba. ¡Un regalo para los sentidos!

Hice algunos ajustes en mi postura, para estar más cómoda. Escondí mis patas delanteras debajo del pecho y entorné mis ojos. No acierto a calcular si fue mucho o poco el tiempo que permanecí ensimismada en el borde de la bañera, hasta que pasó lo que pasó. Que quede claro: yo no me lancé voluntariamente al agua ¡Ni loca! Soy una gata chalada, pero no tanto. El equilibrio me falló, entiendo que me adormecí y se me fue la cabeza… ¡Chapuzón!… ¡AGHGGGG!

Mientras nadaba, sí, he dicho nadaba, maullé en todas mis expresiones, variaciones, longitudes e intensidades para llamar la atención de la princesa ADA que lo único que hacía era desternillarse de risa y… ¡PLAS, PLAS, PLAS! aplaudir.

—¡Bravísimo HATTER! Eres un fenómeno, ponerte a nadar como un perro…

Muy ofendida empecé a chapotear con todas mis fuerzas y me lancé fuera de la bañera para caer, por un error de cálculo, dentro de la taza del wáter saliendo por patas con los pelos mojados pegados al cuerpo en dirección a mi escondite favorito dejando una estela de agua por donde pasaba, ante la mirada de asombro de la abuela.

Y allí permanecí agazapada y empapada, como tantas y tantas veces hasta que pasó la tormenta y se calmaron los ánimos.

Mis amigos. Cuca y Hachico

Talá, la tía pequeña de la princesa ADA, nos visitaba con alguna frecuencia durante el verano. Venía siempre acompañada de dos mascotas: Cuca, una perra Golden Retriever y Hachiko, un gato persa.

El primer día que coincidieron conmigo estaba yo esponjosa y feliz en la terraza de mi casa de verano compartiendo tumbona con la princesa ADA que acababa de llegar de la playa. Mi lengua rasposa saboreaba toda la sal que cubría su piel. Era entre “lusco e fusco”.

De pronto, se enrareció el ambiente, mi oído y mi olfato se aguzaron. Hasta sentí miedo.

Decidí olvidar esta sensación pretendiendo ser graciosa. Y así, sin más, me puse a rodar sobre el suelo de la terraza que aun conservaba el calor del sol.

—HATTER, me mareo solo de verte —decía la princesa ADA —Ven, gatiña, sube, que te doy mimos.

Entonces, de repente, se abrió la puerta de la terraza y entraron a la par.

Cuca, la Golden Retriever, balanceándose con elegancia al caminar. Su pelaje denso y dorado realzaba su belleza.

No debió de advertir mi presencia porque se acercó a la princesa ADA mendigando cariño con zancadas que me parecieron de gigante.

Al apreciar ese gesto, mi instinto de gata independiente me indicó que seguramente me iría mejor otra raza de perro.

Hachiko, un gato solemne e ilustre, con linaje y pedigrí, con ocho apellidos gatunos es un ostentador que le gusta exhibir su belleza. Aunque a mí me pareció una bola de pelo color crema. Con tanto pelo no se le veía la nariz. Reculó como un cagueta. Más tarde me enteré que sufre agorafobia.

Yo, claro, me tomé mis precauciones porque no tenía antecedentes de cómo se comportarían conmigo. Al principio no me puse a tiro. Primero los observé desde una distancia prudencial. ¡Imponen respeto! Eso sí, cogí aire por si me tocaba correr.

Como no se movían tomé yo la iniciativa. En la primera aproximación que hice parecían ignorarme, pero me miraban de reojo. De todas formas me anduve con ojo. No fuera a ser que arremetieran contra mí para hacerse los chulitos.

¿Qué táctica emplearé para llamar su atención? ¿Les suelto un bufido que los deje tiesos?

Primero mido mis posibilidades. Mi instinto me dice que pruebe. Si hay que salir por patas, yo gano ¡Seguro! Ellos, grandullones y gordos, deben de ser torpes y lentos en sus movimientos.

Yo entreno mis saltos y carreras varias veces al día para evitar que, después de alguna fechoría, me deslomen con una zapatilla volante.

Voy a hacer las cosas a mi manera, pensé.

¡Bahh! ¡Haya paz! Decidí con toda naturalidad meterme en el ojo del huracán. Me paseé lentamente frente a ellos con el rabo tieso para impresionarlos.

Me olisquearon. Yo los olisqueé a ellos. Olían a tierra, a humedad, a repelentes de parásitos y a polvo. Y…No os lo vais a creer.

—Pero qué cuentas MAD HATTER, loca —pensarán algunos.

La grandullona de la Cuca se hizo pis. Así, sin más, a lo ancho de toda la terraza.

¡Vaya! Confieso que me dejó boquiabierta

¡Que no hacía falta ese marcaje! Que hay terraza para los tres.

¡Qué decepción! Y yo que pensaba…

Una perra asustada y un gato agorafóbico.

Cuca me parece una perra un poco pesada. Demasiado pesada. Es confiada y dócil, debo reconocerlo, en demasía. Sus orejas colgadas sobre las mejillas le dan un aspecto amigable y bondadoso, como si siempre, y quiero decir siempre, estuviese dando las gracias por todo.

Hachiko me desconcertó. Es esquivo, asocial, engreído y con ese porte aristocrático de aristogato que parece que está cinco peldaños más arriba que yo, la MAD HATTER. Hace ostentación de su belleza cada vez que entra en escena, que son pocas, porque pasa todo el tiempo de rincón en rincón.

Enseguida me di cuenta que sólo era un felino como yo. Pero bastante más asustado.

Me gustaría acercarme. Es peludo y tan suave…Cada vez que lo intento me aparta un poco incómodo ¡Lástima!

La mejor era yo. Tenía que ser yo ¡MAD HATTER!

Eso no significa que no me caigan bien. Pronto nos hicimos amigos. Por las noches dormíamos a pierna suelta apretujados los tres, buscando calor.

El gato y la gaviota

La princesa ADA es mi mundo. Cuando ella no está en casa yo me canso de todo. Me aburro. Soy una gata feliz aburrida. Ando a revolcones por todas las camas, no paro de bostezar, entrecierro los ojos de forma intermitente para dormitar y me tomo mi tiempo para acicalarme. Por las tardes, en cuanto llega de la playa, me estampo contra sus piernas y empiezo a ronronear, alto y bajito, bajito y alto, hasta que me coge entre sus brazos y me espachurra contra su cuerpo masajeando mi barriga. No tardo en soltarle un ¡¡BUUUUURR!! de ¡basta ya, pesada! Al momento entiende que le pido, exijo, que me abra las puertas correderas de la terraza de par en par. Necesito salir al exterior para correr alguna aventurilla. Me deja libre, pero sale detrás de mí, seguida por su madre, para tumbarse en las hamacas.

Encaramada en el árbol más alto contemplo y escucho a las pandillas de niñas y niños que, casi todos los días, se dan cita en el parque de la Sociedad Cultural y Deportiva, situado al lado de nuestra terraza, para celebrar algún cumpleaños.

Al bullicio de la fiesta se unen los graznidos agudos y ensordecedores de las gaviotas. Unas posadas en los tejados que rodean el parque, otras haciendo vuelos intimidatorios para acabar planeando a gran altura. Todas con el mismo objetivo, darse el gran festín con los restos de chuches, bocadillos, pizza, patatas fritas y bollería que los pequeños esparcen por el suelo. Me gusta observarlas con atención. Imponen respeto. Esperan con paciencia y disciplina a que se marchen todos los invitados, atentas a la señal de la gaviota vigía, para lanzarse en picado sobre los restos de alimentos que hay entre la hierba. Repuestas sus energías, al escuchar el fuerte graznido de la gaviota piloto ¡DESPEGANDO! se alzan todas juntas para seguir el plan de vuelo y desaparecer en el horizonte.

Ese día una gaviota se alejó de la bandada sobrevolando nuestra terraza. Hacía espectaculares picados y rapidísimos ascensos para acabar frenando en seco posada en la barandilla por debajo del árbol donde yo estaba encaramada.

Le maullé que me gustaba su compañía. Ella graznó alto y fuerte casi en mi idioma:

 —¡AU, KIEE, KAU, KAU, KAUUU !

No entendía muy bien de que iba todo esto, pero decidí experimentar. Descendí del árbol y me senté en el suelo de la terraza frente a ella, colocando elegantemente el rabo en torno a mi cuerpo. Mi pelaje brillaba al sol. Tenía las uñas recogidas, bueno casi siempre las tengo recogidas. Con la experiencia que cogí durante el verano le he perdido el miedo a toda esta fauna que habita por aquí cerca. Nos conocemos mejor y saben que no tengo la menor intención de hacerles daño. Me he vuelto confiada. La gaviota no se movía de la barandilla, pero parecía también confiada. Comprendí que no quería molestarme.

Acercándome más a ella me agazapé con parsimonia para espiarla, con una razonable cautela. Permanecí a la espera durante un rato sin mover un pelo de mi bigote. Cuando la gaviota decidió abandonar la barandilla fue para sobrevolarme, efectuando rápidas pasadas sobre mi cabeza. Llegó a rozarme con sus patas de dedos palmeados. Yo la miraba de reojo. No… no parece tener ganas de pelea. Debo reconocer que estoy un poco asustada. Bueno, no sé realmente si asustada o desconcertada.

De repente se paró en seco. Se posó a ras del suelo y, con andar bamboleante, se puso a mi lado. Me aproximé, la olfateé, le puse la pata encima, titubeante, en el dorso de su plumaje. No estoy muy segura, pero creo que le di un par de lengüetazos. Un reflejo instantáneo. Ella no retrocedió ni se asustó. Silencio, sólo se escuchaban los disparos de la cámara de mi familia adoptiva haciéndonos fotos y vídeos. Decidí seguir el juego. Yo pasé la pata por su plumaje, ella me dio golpecitos suaves con su pico en mi lomo. Así una y otra vez hasta que alzó el vuelo y desapareció.

Yo, contenta, empecé a correr de alféizar en alféizar y por encima de las hamacas en donde estaba tumbada mi familia adoptiva, aguardando atenta su admiración y sus aplausos.

La madre, enseguida, consiguió retenerme entre sus brazos diciéndome con emoción y cariño:

—Hatter, gata carey, nunca he dudado de que eres una gata muy, pero que muy especial. Tan especial que te ha visitado la gaviota Afortunada.

—¿Afortunada?— preguntó la princesa ADA— ¿Cómo conoces a esa gaviota si todas son iguales?

Yo escuchaba con atención. Me gustaría maullar en su idioma para explicarle que esa gaviota no es de las patiamarillas como todas las que se alejaron en bandada. Esta era una gaviota con el plumaje plateado, las patas color rosa chicle y el pico con una mancha roja en la parte inferior.

Menos mal que su madre también se había dado cuenta y le explicó lo mismo que yo estaba pensando. Inmediatamente buscó en internet las fotos de las dos para que se fijara en las diferencias.

—Afortunada es la protagonista de una historia preciosa, triste y emotiva que se titula Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar. La escribió el escritor chileno-asturiano Luis Sepúlveda.

—¿Nos la cuentas? Ya sabes que a Hatter y a mí nos fascinan tus historias —dijo la princesa ADA.

—Hace mucho tiempo que leí ese relato. Intentaré recordarlo.

Había una vez una gaviota de plumas plateadas llamada Kengah; un gato grande negro y gordo llamado Zorbas; un huevito blanco con pintitas azules del que nació un pollito de gaviota al que llamaron Afortunada. Y había también algún humano malo que fue el causante de esta emotiva y triste historia.

—¿Qué hicieron los humanos malos? ¿Quiénes eran?—preguntó la princesa ADA.

—Manchar y envenenar el mar con una sustancia negra, espesa y maloliente llamada petróleo. La gaviota Kengah quedó atrapada en ella y con sus plumas impregnadas de petróleo a duras penas consiguió volar.

—¡Pobrecita! ¿Y no la pudo ayudar nadie?— preguntó la princesa ADA muy triste.

—Las otras gaviotas de la bandada escaparon a tiempo de la gran mancha negra, pero Kengah estaba sumergida pescando arenques y no se enteró del peligro.

Yo cada vez me acercaba más a las interlocutoras, moviendo las orejas, para no perderme nada ¡Hablan siempre de cosas tan interesantes!

—¡IDEAZA!— gritó la princesa ADA—. Las bandadas de gaviotas deberían formar un ejército para la defensa de su hábitat y no permitir que los humanos malos se lo destrocen.

—¡Bien pensado!—aprobó su madre—. Son aves muy inteligentes y perfectamente organizadas. Como son muy comunicativas, tanto vocal como gestualmente, podrían elaborar un complejo sistema de graznidos y gestos de agresión, dominación y amenaza a los buques tanques que no cumplan la normativa de seguridad. Está demostrado que pueden aprender, recordar e incluso enseñar a otras gaviotas ciertas habilidades.

—Continuemos con nuestra historia. —dijo la madre.

—Por cierto, ¿dónde ocurrió?—preguntó la princesa ADA.

—En el mar del Norte, cerca del estuario del río Elba, en Hamburgo, al norte de Alemania. Bajo el suelo de este mar hay reservas de petróleo. Su mala explotación por algunos humanos produce vertidos y derrames accidentales cuando lo transportan en los barcos petroleros. Los vertidos contaminan sus aguas y hacen peligrar, no solo, la vida de las gaviotas sino la de toda la fauna marina.

—¡Mamá, sigue contando! Estoy ansiosa por saber cómo acaba—se impacientó la princesa ADA.

Después de un pequeño silencio la madre retomó el hilo del relato.

—La gaviota Kengah hacía un gran esfuerzo para volar. Sus alas impregnadas de petróleo le pesaban mucho. Consiguió llegar a la ciudad de Hamburgo cayendo desfallecida encima del gato grande, negro y gordo llamado Zorbas que tomaba el sol tranquilamente en su balcón.

—¡Ahh, ya se lo que pasó! Zorbas, el gato grande, negro y gordo le limpió el petróleo de las plumas con su saliva y su rasposa lengua— interrumpió la princesa ADA.

—¡Pues no! No sería una buena idea. La toxicidad del petróleo mataría a Zorbas, lo que hizo fue ir a buscar ayuda para que no se muriese. Antes de marcharse, la gaviota le graznó que con sus últimas fuerzas iba a poner un huevo y le hizo prometer que no se lo comería, que lo empollaría hasta el nacimiento del pollito y cuando creciera que le enseñaría a volar.

—A ver, mamá, ¿cómo es posible que un gato, que no puede volar, le haya enseñado a volar a una gaviota?

—Con mucho cariño y cuidado— dijo su madre con objeto de ganar algo de tiempo mientras pensaba en una buena respuesta. —si quieres enseñar algo a alguien no necesitas saberlo hacer tú requetebién. Con paciencia, motivación y entendimiento por ambas partes, alumno y maestro, se puede conseguir casi todo. No has oído nunca eso de “pobre del alumno que no aventaje a su maestro”. Se atribuye a uno de los más grandes maestros de la historia.

Y ocurrió tal y como Zorbas prometió. La gaviota Kengah, antes de morir, puso un huevito blanco con pintitas azules. El gato Zorbas lo empolló durante veinte días. Transcurrido este tiempo nació un pollito al que llamó Afortunada y cuando creció le enseñó a volar.

—Mamá, la gaviota Afortunada fue muy afortunada, ¿verdad?

—Pues sí, porque el gato Zorbas la cuidó como si fuera su hija.

La gaviota Afortunada quería mucho a Zorbas y a todos los gatos.

—Yo también te quiero Zorbas. Eres el gato más noble, el más valiente. Un héroe— dijo la princesa ADA llorando de emoción. Me entraron ganas de lamerle las lágrimas, pero no lo hice porque mis ojos verdes veteados de amarillo con unas pupilas intensamente negras también estaban empañados por las lágrimas.

Los Superamigables. Piojitos fuera

Pese a mis piraterías, ya me he integrado dentro de la familia. Bueno, en realidad, pienso que fueron ellos los que se adaptaron a mí. Estoy muy a gusto tumbada tranquilamente al sol dejando que los recuerdos de mi corta vida desfilen por mi memoria. A veces me pregunto qué sería de mí si me devolvieran a mis orígenes.

Todas las mañanas la princesa ADA me abre la puerta corredera que da a la terraza.

—¡Mirad a la HATTER! —Se ríen viendo cómo le planto cara a las gaviotas y a los pájaros erizando mi melena como si fuera la de un león.

—¡HATTER, fierecilla! —la princesa ADA está tan orgullosa de mis hazañas que me pasa su mano por mi arqueado lomo en señal de afecto.

Una mañana, a mediados del mes de julio, a los pocos minutos de tumbarme al sol, mi instinto se activó. La que se avecina. Se oían, palabras cargadas de pánico: invasión, contagio, infestación y la inconfundible voz de la abuela aullando como siempre.

—¡MAD HATTER! Ha sido MAD HATTER el foco de contagio.

Descubrieron que la melenaza trigueña de la princesa ADA estaba infestada de piojos.

La abuela se abalanzó sobre mí tratando de inmovilizarme para escudriñar en mi pelaje.

¡Qué ignorancia! No saber que los piojos humanos son diferentes a los de las mascotas.

Yo no soy un modelo higiene, por más que me estoy lavando con saliva en todo momento, pero de parásitos nada. Ya pasé por lo mío con lo de la sarna. Recuerdo el suplicio de todas las noches cuando me rociaban con un espray que contenía un líquido pestífero. Casi me ponen en cuarentena.

Ante tal terrible acontecimiento, la pediculosis, se tomaron una serie de medidas inmediatas:

Primera. Mandaron al abuelo a la óptica a comprar una lupa de gran aumento con dos LED como la de las esteticistas para enganchar en las gafas de la madre de la princesa ADA.

Segunda. La madre se encargó de conseguir la lendrera más efectiva del mercado como instrumento de tortura. Lo que hizo fue descargar de la red una guía para comprarla. Se decidió por una con las púas microacanaladas, muy juntas, para no dejar escapar ni uno.

Tercera. A través de los grupos de WhatsApp se informaron de cuál era el mejor tratamiento para exterminarlos.

Y cuando consiguieron todas las armas les declararon la guerra.

Montaron un CEP, un Centro de Eliminación de Piojos, situado bajo el potente foco de uno de los baños.

La princesa ADA, que era la primera vez que se infestaba de parásitos, no paraba de sollozar ante el horror que se le venía encima.

Un piojo grande y gordo, el que detectaron primero, había formado familia numerosa. En poco tiempo crecieron y se multiplicaron y la princesa ADA los compartió con toda la familia.

Recordaré siempre como aullaba la primera vez que le pasaron la lendrera. Fue un dramón, sobre todo cuando alguno se caía en la pileta del baño aun con un soplo de vida.

—La mejor arma para acabar con ellos es la lendrera pasada con constancia y diligencia —recomendaba el abuelo.

Pasaban la lendrera sobre el pelo mojado y con acondicionador para que los piojos se movieran con más lentitud.

Pasaban la lendrera.

Pasaban la lendrera.

Pasaban la lendrera.

Y volvían a pasar la lendrera.

Aun así, se quedaron en su cabeza todo el verano.

Pasar la lendrera se ha convertido en algo tan cotidiano que ya lo acepta con resignación.

 —¿Hoy cuántos? —Pregunta todos los días

—¿Qué te parece HATTER si les llamamos Los Superamigables? Hay que ver qué nombrecito para esos parásitos asquerosos.