Mis amigos. Cuca y Hachico

Talá, la tía pequeña de la princesa ADA, nos visitaba con alguna frecuencia durante el verano. Venía siempre acompañada de dos mascotas: Cuca, una perra Golden Retriever y Hachiko, un gato persa.

El primer día que coincidieron conmigo estaba yo esponjosa y feliz en la terraza de mi casa de verano compartiendo tumbona con la princesa ADA que acababa de llegar de la playa. Mi lengua rasposa saboreaba toda la sal que cubría su piel. Era entre “lusco e fusco”.

De pronto, se enrareció el ambiente, mi oído y mi olfato se aguzaron. Hasta sentí miedo.

Decidí olvidar esta sensación pretendiendo ser graciosa. Y así, sin más, me puse a rodar sobre el suelo de la terraza que aun conservaba el calor del sol.

—HATTER, me mareo solo de verte —decía la princesa ADA —Ven, gatiña, sube, que te doy mimos.

Entonces, de repente, se abrió la puerta de la terraza y entraron a la par.

Cuca, la Golden Retriever, balanceándose con elegancia al caminar. Su pelaje denso y dorado realzaba su belleza.

No debió de advertir mi presencia porque se acercó a la princesa ADA mendigando cariño con zancadas que me parecieron de gigante.

Al apreciar ese gesto, mi instinto de gata independiente me indicó que seguramente me iría mejor otra raza de perro.

Hachiko, un gato solemne e ilustre, con linaje y pedigrí, con ocho apellidos gatunos es un ostentador que le gusta exhibir su belleza. Aunque a mí me pareció una bola de pelo color crema. Con tanto pelo no se le veía la nariz. Reculó como un cagueta. Más tarde me enteré que sufre agorafobia.

Yo, claro, me tomé mis precauciones porque no tenía antecedentes de cómo se comportarían conmigo. Al principio no me puse a tiro. Primero los observé desde una distancia prudencial. ¡Imponen respeto! Eso sí, cogí aire por si me tocaba correr.

Como no se movían tomé yo la iniciativa. En la primera aproximación que hice parecían ignorarme, pero me miraban de reojo. De todas formas me anduve con ojo. No fuera a ser que arremetieran contra mí para hacerse los chulitos.

¿Qué táctica emplearé para llamar su atención? ¿Les suelto un bufido que los deje tiesos?

Primero mido mis posibilidades. Mi instinto me dice que pruebe. Si hay que salir por patas, yo gano ¡Seguro! Ellos, grandullones y gordos, deben de ser torpes y lentos en sus movimientos.

Yo entreno mis saltos y carreras varias veces al día para evitar que, después de alguna fechoría, me deslomen con una zapatilla volante.

Voy a hacer las cosas a mi manera, pensé.

¡Bahh! ¡Haya paz! Decidí con toda naturalidad meterme en el ojo del huracán. Me paseé lentamente frente a ellos con el rabo tieso para impresionarlos.

Me olisquearon. Yo los olisqueé a ellos. Olían a tierra, a humedad, a repelentes de parásitos y a polvo. Y…No os lo vais a creer.

—Pero qué cuentas MAD HATTER, loca —pensarán algunos.

La grandullona de la Cuca se hizo pis. Así, sin más, a lo ancho de toda la terraza.

¡Vaya! Confieso que me dejó boquiabierta

¡Que no hacía falta ese marcaje! Que hay terraza para los tres.

¡Qué decepción! Y yo que pensaba…

Una perra asustada y un gato agorafóbico.

Cuca me parece una perra un poco pesada. Demasiado pesada. Es confiada y dócil, debo reconocerlo, en demasía. Sus orejas colgadas sobre las mejillas le dan un aspecto amigable y bondadoso, como si siempre, y quiero decir siempre, estuviese dando las gracias por todo.

Hachiko me desconcertó. Es esquivo, asocial, engreído y con ese porte aristocrático de aristogato que parece que está cinco peldaños más arriba que yo, la MAD HATTER. Hace ostentación de su belleza cada vez que entra en escena, que son pocas, porque pasa todo el tiempo de rincón en rincón.

Enseguida me di cuenta que sólo era un felino como yo. Pero bastante más asustado.

Me gustaría acercarme. Es peludo y tan suave…Cada vez que lo intento me aparta un poco incómodo ¡Lástima!

La mejor era yo. Tenía que ser yo ¡MAD HATTER!

Eso no significa que no me caigan bien. Pronto nos hicimos amigos. Por las noches dormíamos a pierna suelta apretujados los tres, buscando calor.

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