Mi nuevo hogar

Entré por primera vez en la urbanización donde estaba la que iba a ser mi casa. Iba dentro de la jaula que me transportó a lo largo de los veinte kilómetros que me separaban de mi madre.

La señora abrió la puerta del piso, se dirigió a la cocina y posó el transportín en el suelo.

Introdujo con cuidado su mano, que por cierto era más grande que yo, para dejarme en libertad sobre el suelo blanco y resbaladizo de la cocina.

Creo que en el lecho de papeles que me protegió durante el viaje, además de mis lágrimas, dejé la última toma de la leche tibia y dulce de mi madre junto con alguna cosilla más, porque con el miedo se me aflojó el vientre.

Con mucha timidez, y sin apenas moverme, giré los ojos y observé que en un rincón de la cocina, pegado al gran ventanal, estaba todo mi ajuar.

El arenero, de última generación, estaba cubierto y tenía una puerta móvil y un filtro antiolores. Me adapté a él desde el primer día. La arena no se parecía en nada a la tierra a la que yo estaba acostumbrada, era una arena sintética con maravillosas propiedades absorbentes y desodorantes.

—Es una gata muy limpia —le dijo más adelante la madre a la princesa ADA —. Tu misión, a partir de hoy, es mantener la arena limpia diariamente.

Lo primero que hizo fue ponerme un cuenco con agua y, en un plato, una gran ración de comida con olor a pescado.

En el otro extremo de la cocina estaba mi dormitorio, de forma cuadrada, con un colchón térmico y un rascador adosado.

Fue entonces cuando mi instinto me hizo comprender que pese a ser una birria de gata me recibían como si fuera una aristogata.

Ni siquiera tuve tiempo de acercarme a la comida cuando se escuchó un gran estruendo que me hizo retroceder buscando un lugar para protegerme debajo de la mesa.

—¡Mamá, mamá! ¿Has traído a la gata?

Era la princesa ADA, mi hermana adoptiva, que regresaba del colegio.

Me miró sorprendida con una mezcla de compasión y pena. Nunca había visto una gata tan pequeñita.

Yo la miré a ella con la curiosidad que caracteriza a todos los gatos. Me di cuenta enseguida de que era una niña muy especial, por lo que yo debería esforzarme para ser también una gata muy especial.

El plato, con mi ración de comida, seguía entero. Tenía más ganas de mimos que hambre.

La princesa ADA no se atrevía a tocarme. Se agachó con cautela y, siguiendo las indicaciones de su madre, pasó su delicada mano por mi lomo que poco a poco se fue arqueando, respondiendo así al estímulo de sus caricias. Inmediatamente se sentó sobre el suelo de la cocina y me cogió en brazos.

Yo apenas podía moverme porque hasta ese día no me había separado de mi madre. Era torpe. No sabía ni andar.

La magia de ese momento duró… pues eso, un momento.

Los primeros días en mi nuevo hogar fueron muy fastidiosos y cargados de desconfianza.

Tenía la etiqueta de “gata enferma y recogida”. Estaba harta de escuchar en todo momento por el altavoz del teléfono la voz fuerte y determinante de una persona a la que llamaban abuela:

 —¡No se recoge a un animal enfermo! ¡Devolvedla rápidamente a sus orígenes!

Así fue como lo que iba a ser la ilusión de la niña de la casa, la princesa ADA, por su séptimo cumpleaños se convirtió en una pesadilla.

Mi nueva casa me pareció grande. Claro que por entonces yo tenía una semana de vida. Cabía en la palma de una mano y estaba un poco debilucha.

8 pensamientos en “Mi nuevo hogar

  1. Hola, soy Copito. Me ha encantado el nuevo capítulo. Yo cuando llegué a mi casa el primer día también estaba muy asustado. A Lara, mi amiguita humana, le dijeron que no debía sacarme de la jaula durante una semana para que no me asustara y me acostumbrara a mi nuevo hogar. Y sé que le costó mucho, porque preguntaba a todas horas, “¿y ya lo puedo sacar?”

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