Purga con lechuga

Hacía un mes, aproximadamente, de nuestro regreso a Alcalá de Henares cuando mi estómago empezó a resentirse.

Ya os he contado que soy una gata muy higiénica. No dejo pasar un solo día sin dedicar un tiempo a mi aseo personal. Soy autosuficiente con mi limpieza. Escupo en la pata y, con mi saliva aquí depositada, me voy lavando con paciencia y esmero las partes de mi cuerpo a las que no llega mi rasposa lengua. Debo confesar que no lo hago con agua porque la única que está a mi alcance, cuando se olvidan de bajar la tapa, es la del wáter. Si alguien me sorprende se oyen los gritos en toda la urbanización.

—¡MAD HATTER! ¡Guarra! ¡Gata asquerosa!

Con qué gusto me ducharía todos los días con la princesa ADA. Si, ya sé que a los felinos no les gusta el agua, pero yo soy MAD HATTER: además de peculiar, estoy loca.

Lo que me sucede con tanta higiene es que muchos de mis pelos van a parar a mi estómago. Con lo cual, pasados unos días, se me forma una bola que no soy capaz de expulsar, por más que lo intento, ni por la boca ni por el culete, produciéndome serios retortijones de tripa de los que nadie parece enterarse.

Cuando estaba en Galicia no sufría de este mal porque siempre tenía a mano una purga. Las diferentes hierbas que había en las terrazas servían para, cuando las ingería, provocarme el vómito, aliviar mi tripa y expulsar las molestas pelotas de pelos.

Aquí, en Alcalá, no tengo nada a que echar mano para purgarme. Cuando estoy empachada de pelos por más que teatralizo el dolor, todo el mundo parece ignorarlo. Me aguanto. No me queda más remedio.

Hasta que un día a la hora de la cena, mi olfato me guio a curiosear sobre una fuente que tenían preparada en la encimera de la cocina. Al descubrir su contenido, abrí los ojos sin parpadear. Las pupilas se me dilataron al contemplar la ensalada que, además de tomate, espárragos y bonito, llevaba lechuga, rúcula y canónigos.

Ni me dio tiempo a pensarlo. Devoré con ansia todo lo verde. Casi me pillan en semejante latrocinio. Digo semejante porque seguro que pensarían que soy una gata vegana y eso no sería conveniente para mi curriculum, ya tan favorable.

Y funcionó. Funcionó como un revulsivo gracias al cual conseguí expulsar por la boca la enorme bola de pelos.

Cuando me empezaron las arcadas estaba en el salón del que salí casi volando para buscar un lugar escondido esperando la gran náusea.

Os aseguro que no van a dar con la guarrería. Guarrería justificada ¿Qué otra cosa podía hacer para aliviar mi tripa?

Cuando volví a la cocina, eché un vistazo y la fuente continuaba allí como yo la había dejado. De pronto escuché pasos que se acercaban. Me escondí para observar sin ser vista. Era la madre, ya empijamada para dar cuenta de su ensalada. Hubo una pausa en el tiempo y mirando fijamente para la fuente susurró:

—No tiene explicación. Me estoy volviendo loca.

Claro, la princesa ADA ni oler la lechuga y la HATTER, ¿cómo iba a comerse la lechuga y no merecer el bonito que está en la fuente, por encima de lo verde, los honores de sus dientes?

Ya lo creo que sé porque está paralizada y asombrada. Yo disimulo, me hago la sueca. Salgo del escondite. La miro también con cara de asombro y me largo.

Espero que comprenda, con el siguiente latrocinio de lechuga, mis necesidades y me compre una maceta con esas hierbas que tienen propiedades purgativas.

Gata escaldada: nada

Desde siempre mostré curiosidad y atracción por el agua. Con menos de un mes saltaba a la tapa del wáter y, con mucho cuidado para no caer de cabeza, metía la pata y bebía. Bebo a morro de todos los grifos de la casa esperando que se caiga hasta la última gota.

Todos los días, cuando la princesa ADA está en la ducha, espero pacientemente con la cara pegada a la mampara su salida para poder lametear los restos de agua que se quedan en el plato ducha.

El agua para mí es todo un misterio y siento necesidad de explorarla.

Aun recuerdo con nostalgia cuando “Los Piratuchos” me bautizaron con una inmersión en el bidé rebosando de agua. Debo confesar que no me disgustó.

En Galicia, durante las vacaciones, tuve muchas ocasiones de observar el agua en las grandes bañeras que llenaban a diario para bañar a los niños. Acudían a mí sentimientos encontrados de atracción y miedo que no me permitían desvelar ni descubrir el misterio de tanta agua.

Con prudencia y desconfianza al mismo tiempo la observaba embobada, desde lejos, mientras los niños chapoteaban y reían ante la atenta vigilancia de un adulto.

Me vuelven loca los perfumes, hundo mi hocico en los ramos de flores recién cortadas, olfateo con placer todos los frascos que hay en el tocador, eso sí, procurando no tirar ninguno.

Hasta que un día la princesa ADA decidió convertir el baño en un espacio de relajación echando al agua sales, aceite de lavanda y flores de manzanilla imitando a la abuela. Metió una pierna para comprobar la temperatura, luego la otra. Se estiró a lo largo de la bañera y cerró los ojos. El olor a lavanda era un placer para mi olfato. Entonces hice todo lo posible para acercarme sigilosamente. Sé muy bien a donde puedo llegar. Me concentré cien por cien en mi objetivo observándolo con atención y cautela. Un salto con elegancia al borde de la bañera y a guardar el equilibrio.

¡Qué placer, el agua! ¡Y aquel olor tan agradable! La miraba, pero no la tocaba. ¡Un regalo para los sentidos!

Hice algunos ajustes en mi postura, para estar más cómoda. Escondí mis patas delanteras debajo del pecho y entorné mis ojos. No acierto a calcular si fue mucho o poco el tiempo que permanecí ensimismada en el borde de la bañera, hasta que pasó lo que pasó. Que quede claro: yo no me lancé voluntariamente al agua ¡Ni loca! Soy una gata chalada, pero no tanto. El equilibrio me falló, entiendo que me adormecí y se me fue la cabeza… ¡Chapuzón!… ¡AGHGGGG!

Mientras nadaba, sí, he dicho nadaba, maullé en todas mis expresiones, variaciones, longitudes e intensidades para llamar la atención de la princesa ADA que lo único que hacía era desternillarse de risa y… ¡PLAS, PLAS, PLAS! aplaudir.

—¡Bravísimo HATTER! Eres un fenómeno, ponerte a nadar como un perro…

Muy ofendida empecé a chapotear con todas mis fuerzas y me lancé fuera de la bañera para caer, por un error de cálculo, dentro de la taza del wáter saliendo por patas con los pelos mojados pegados al cuerpo en dirección a mi escondite favorito dejando una estela de agua por donde pasaba, ante la mirada de asombro de la abuela.

Y allí permanecí agazapada y empapada, como tantas y tantas veces hasta que pasó la tormenta y se calmaron los ánimos.

Mis amigos. Cuca y Hachico

Talá, la tía pequeña de la princesa ADA, nos visitaba con alguna frecuencia durante el verano. Venía siempre acompañada de dos mascotas: Cuca, una perra Golden Retriever y Hachiko, un gato persa.

El primer día que coincidieron conmigo estaba yo esponjosa y feliz en la terraza de mi casa de verano compartiendo tumbona con la princesa ADA que acababa de llegar de la playa. Mi lengua rasposa saboreaba toda la sal que cubría su piel. Era entre “lusco e fusco”.

De pronto, se enrareció el ambiente, mi oído y mi olfato se aguzaron. Hasta sentí miedo.

Decidí olvidar esta sensación pretendiendo ser graciosa. Y así, sin más, me puse a rodar sobre el suelo de la terraza que aun conservaba el calor del sol.

—HATTER, me mareo solo de verte —decía la princesa ADA —Ven, gatiña, sube, que te doy mimos.

Entonces, de repente, se abrió la puerta de la terraza y entraron a la par.

Cuca, la Golden Retriever, balanceándose con elegancia al caminar. Su pelaje denso y dorado realzaba su belleza.

No debió de advertir mi presencia porque se acercó a la princesa ADA mendigando cariño con zancadas que me parecieron de gigante.

Al apreciar ese gesto, mi instinto de gata independiente me indicó que seguramente me iría mejor otra raza de perro.

Hachiko, un gato solemne e ilustre, con linaje y pedigrí, con ocho apellidos gatunos es un ostentador que le gusta exhibir su belleza. Aunque a mí me pareció una bola de pelo color crema. Con tanto pelo no se le veía la nariz. Reculó como un cagueta. Más tarde me enteré que sufre agorafobia.

Yo, claro, me tomé mis precauciones porque no tenía antecedentes de cómo se comportarían conmigo. Al principio no me puse a tiro. Primero los observé desde una distancia prudencial. ¡Imponen respeto! Eso sí, cogí aire por si me tocaba correr.

Como no se movían tomé yo la iniciativa. En la primera aproximación que hice parecían ignorarme, pero me miraban de reojo. De todas formas me anduve con ojo. No fuera a ser que arremetieran contra mí para hacerse los chulitos.

¿Qué táctica emplearé para llamar su atención? ¿Les suelto un bufido que los deje tiesos?

Primero mido mis posibilidades. Mi instinto me dice que pruebe. Si hay que salir por patas, yo gano ¡Seguro! Ellos, grandullones y gordos, deben de ser torpes y lentos en sus movimientos.

Yo entreno mis saltos y carreras varias veces al día para evitar que, después de alguna fechoría, me deslomen con una zapatilla volante.

Voy a hacer las cosas a mi manera, pensé.

¡Bahh! ¡Haya paz! Decidí con toda naturalidad meterme en el ojo del huracán. Me paseé lentamente frente a ellos con el rabo tieso para impresionarlos.

Me olisquearon. Yo los olisqueé a ellos. Olían a tierra, a humedad, a repelentes de parásitos y a polvo. Y…No os lo vais a creer.

—Pero qué cuentas MAD HATTER, loca —pensarán algunos.

La grandullona de la Cuca se hizo pis. Así, sin más, a lo ancho de toda la terraza.

¡Vaya! Confieso que me dejó boquiabierta

¡Que no hacía falta ese marcaje! Que hay terraza para los tres.

¡Qué decepción! Y yo que pensaba…

Una perra asustada y un gato agorafóbico.

Cuca me parece una perra un poco pesada. Demasiado pesada. Es confiada y dócil, debo reconocerlo, en demasía. Sus orejas colgadas sobre las mejillas le dan un aspecto amigable y bondadoso, como si siempre, y quiero decir siempre, estuviese dando las gracias por todo.

Hachiko me desconcertó. Es esquivo, asocial, engreído y con ese porte aristocrático de aristogato que parece que está cinco peldaños más arriba que yo, la MAD HATTER. Hace ostentación de su belleza cada vez que entra en escena, que son pocas, porque pasa todo el tiempo de rincón en rincón.

Enseguida me di cuenta que sólo era un felino como yo. Pero bastante más asustado.

Me gustaría acercarme. Es peludo y tan suave…Cada vez que lo intento me aparta un poco incómodo ¡Lástima!

La mejor era yo. Tenía que ser yo ¡MAD HATTER!

Eso no significa que no me caigan bien. Pronto nos hicimos amigos. Por las noches dormíamos a pierna suelta apretujados los tres, buscando calor.

El gato y la gaviota

La princesa ADA es mi mundo. Cuando ella no está en casa yo me canso de todo. Me aburro. Soy una gata feliz aburrida. Ando a revolcones por todas las camas, no paro de bostezar, entrecierro los ojos de forma intermitente para dormitar y me tomo mi tiempo para acicalarme. Por las tardes, en cuanto llega de la playa, me estampo contra sus piernas y empiezo a ronronear, alto y bajito, bajito y alto, hasta que me coge entre sus brazos y me espachurra contra su cuerpo masajeando mi barriga. No tardo en soltarle un ¡¡BUUUUURR!! de ¡basta ya, pesada! Al momento entiende que le pido, exijo, que me abra las puertas correderas de la terraza de par en par. Necesito salir al exterior para correr alguna aventurilla. Me deja libre, pero sale detrás de mí, seguida por su madre, para tumbarse en las hamacas.

Encaramada en el árbol más alto contemplo y escucho a las pandillas de niñas y niños que, casi todos los días, se dan cita en el parque de la Sociedad Cultural y Deportiva, situado al lado de nuestra terraza, para celebrar algún cumpleaños.

Al bullicio de la fiesta se unen los graznidos agudos y ensordecedores de las gaviotas. Unas posadas en los tejados que rodean el parque, otras haciendo vuelos intimidatorios para acabar planeando a gran altura. Todas con el mismo objetivo, darse el gran festín con los restos de chuches, bocadillos, pizza, patatas fritas y bollería que los pequeños esparcen por el suelo. Me gusta observarlas con atención. Imponen respeto. Esperan con paciencia y disciplina a que se marchen todos los invitados, atentas a la señal de la gaviota vigía, para lanzarse en picado sobre los restos de alimentos que hay entre la hierba. Repuestas sus energías, al escuchar el fuerte graznido de la gaviota piloto ¡DESPEGANDO! se alzan todas juntas para seguir el plan de vuelo y desaparecer en el horizonte.

Ese día una gaviota se alejó de la bandada sobrevolando nuestra terraza. Hacía espectaculares picados y rapidísimos ascensos para acabar frenando en seco posada en la barandilla por debajo del árbol donde yo estaba encaramada.

Le maullé que me gustaba su compañía. Ella graznó alto y fuerte casi en mi idioma:

 —¡AU, KIEE, KAU, KAU, KAUUU !

No entendía muy bien de que iba todo esto, pero decidí experimentar. Descendí del árbol y me senté en el suelo de la terraza frente a ella, colocando elegantemente el rabo en torno a mi cuerpo. Mi pelaje brillaba al sol. Tenía las uñas recogidas, bueno casi siempre las tengo recogidas. Con la experiencia que cogí durante el verano le he perdido el miedo a toda esta fauna que habita por aquí cerca. Nos conocemos mejor y saben que no tengo la menor intención de hacerles daño. Me he vuelto confiada. La gaviota no se movía de la barandilla, pero parecía también confiada. Comprendí que no quería molestarme.

Acercándome más a ella me agazapé con parsimonia para espiarla, con una razonable cautela. Permanecí a la espera durante un rato sin mover un pelo de mi bigote. Cuando la gaviota decidió abandonar la barandilla fue para sobrevolarme, efectuando rápidas pasadas sobre mi cabeza. Llegó a rozarme con sus patas de dedos palmeados. Yo la miraba de reojo. No… no parece tener ganas de pelea. Debo reconocer que estoy un poco asustada. Bueno, no sé realmente si asustada o desconcertada.

De repente se paró en seco. Se posó a ras del suelo y, con andar bamboleante, se puso a mi lado. Me aproximé, la olfateé, le puse la pata encima, titubeante, en el dorso de su plumaje. No estoy muy segura, pero creo que le di un par de lengüetazos. Un reflejo instantáneo. Ella no retrocedió ni se asustó. Silencio, sólo se escuchaban los disparos de la cámara de mi familia adoptiva haciéndonos fotos y vídeos. Decidí seguir el juego. Yo pasé la pata por su plumaje, ella me dio golpecitos suaves con su pico en mi lomo. Así una y otra vez hasta que alzó el vuelo y desapareció.

Yo, contenta, empecé a correr de alféizar en alféizar y por encima de las hamacas en donde estaba tumbada mi familia adoptiva, aguardando atenta su admiración y sus aplausos.

La madre, enseguida, consiguió retenerme entre sus brazos diciéndome con emoción y cariño:

—Hatter, gata carey, nunca he dudado de que eres una gata muy, pero que muy especial. Tan especial que te ha visitado la gaviota Afortunada.

—¿Afortunada?— preguntó la princesa ADA— ¿Cómo conoces a esa gaviota si todas son iguales?

Yo escuchaba con atención. Me gustaría maullar en su idioma para explicarle que esa gaviota no es de las patiamarillas como todas las que se alejaron en bandada. Esta era una gaviota con el plumaje plateado, las patas color rosa chicle y el pico con una mancha roja en la parte inferior.

Menos mal que su madre también se había dado cuenta y le explicó lo mismo que yo estaba pensando. Inmediatamente buscó en internet las fotos de las dos para que se fijara en las diferencias.

—Afortunada es la protagonista de una historia preciosa, triste y emotiva que se titula Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar. La escribió el escritor chileno-asturiano Luis Sepúlveda.

—¿Nos la cuentas? Ya sabes que a Hatter y a mí nos fascinan tus historias —dijo la princesa ADA.

—Hace mucho tiempo que leí ese relato. Intentaré recordarlo.

Había una vez una gaviota de plumas plateadas llamada Kengah; un gato grande negro y gordo llamado Zorbas; un huevito blanco con pintitas azules del que nació un pollito de gaviota al que llamaron Afortunada. Y había también algún humano malo que fue el causante de esta emotiva y triste historia.

—¿Qué hicieron los humanos malos? ¿Quiénes eran?—preguntó la princesa ADA.

—Manchar y envenenar el mar con una sustancia negra, espesa y maloliente llamada petróleo. La gaviota Kengah quedó atrapada en ella y con sus plumas impregnadas de petróleo a duras penas consiguió volar.

—¡Pobrecita! ¿Y no la pudo ayudar nadie?— preguntó la princesa ADA muy triste.

—Las otras gaviotas de la bandada escaparon a tiempo de la gran mancha negra, pero Kengah estaba sumergida pescando arenques y no se enteró del peligro.

Yo cada vez me acercaba más a las interlocutoras, moviendo las orejas, para no perderme nada ¡Hablan siempre de cosas tan interesantes!

—¡IDEAZA!— gritó la princesa ADA—. Las bandadas de gaviotas deberían formar un ejército para la defensa de su hábitat y no permitir que los humanos malos se lo destrocen.

—¡Bien pensado!—aprobó su madre—. Son aves muy inteligentes y perfectamente organizadas. Como son muy comunicativas, tanto vocal como gestualmente, podrían elaborar un complejo sistema de graznidos y gestos de agresión, dominación y amenaza a los buques tanques que no cumplan la normativa de seguridad. Está demostrado que pueden aprender, recordar e incluso enseñar a otras gaviotas ciertas habilidades.

—Continuemos con nuestra historia. —dijo la madre.

—Por cierto, ¿dónde ocurrió?—preguntó la princesa ADA.

—En el mar del Norte, cerca del estuario del río Elba, en Hamburgo, al norte de Alemania. Bajo el suelo de este mar hay reservas de petróleo. Su mala explotación por algunos humanos produce vertidos y derrames accidentales cuando lo transportan en los barcos petroleros. Los vertidos contaminan sus aguas y hacen peligrar, no solo, la vida de las gaviotas sino la de toda la fauna marina.

—¡Mamá, sigue contando! Estoy ansiosa por saber cómo acaba—se impacientó la princesa ADA.

Después de un pequeño silencio la madre retomó el hilo del relato.

—La gaviota Kengah hacía un gran esfuerzo para volar. Sus alas impregnadas de petróleo le pesaban mucho. Consiguió llegar a la ciudad de Hamburgo cayendo desfallecida encima del gato grande, negro y gordo llamado Zorbas que tomaba el sol tranquilamente en su balcón.

—¡Ahh, ya se lo que pasó! Zorbas, el gato grande, negro y gordo le limpió el petróleo de las plumas con su saliva y su rasposa lengua— interrumpió la princesa ADA.

—¡Pues no! No sería una buena idea. La toxicidad del petróleo mataría a Zorbas, lo que hizo fue ir a buscar ayuda para que no se muriese. Antes de marcharse, la gaviota le graznó que con sus últimas fuerzas iba a poner un huevo y le hizo prometer que no se lo comería, que lo empollaría hasta el nacimiento del pollito y cuando creciera que le enseñaría a volar.

—A ver, mamá, ¿cómo es posible que un gato, que no puede volar, le haya enseñado a volar a una gaviota?

—Con mucho cariño y cuidado— dijo su madre con objeto de ganar algo de tiempo mientras pensaba en una buena respuesta. —si quieres enseñar algo a alguien no necesitas saberlo hacer tú requetebién. Con paciencia, motivación y entendimiento por ambas partes, alumno y maestro, se puede conseguir casi todo. No has oído nunca eso de “pobre del alumno que no aventaje a su maestro”. Se atribuye a uno de los más grandes maestros de la historia.

Y ocurrió tal y como Zorbas prometió. La gaviota Kengah, antes de morir, puso un huevito blanco con pintitas azules. El gato Zorbas lo empolló durante veinte días. Transcurrido este tiempo nació un pollito al que llamó Afortunada y cuando creció le enseñó a volar.

—Mamá, la gaviota Afortunada fue muy afortunada, ¿verdad?

—Pues sí, porque el gato Zorbas la cuidó como si fuera su hija.

La gaviota Afortunada quería mucho a Zorbas y a todos los gatos.

—Yo también te quiero Zorbas. Eres el gato más noble, el más valiente. Un héroe— dijo la princesa ADA llorando de emoción. Me entraron ganas de lamerle las lágrimas, pero no lo hice porque mis ojos verdes veteados de amarillo con unas pupilas intensamente negras también estaban empañados por las lágrimas.

Los Superamigables. Piojitos fuera

Pese a mis piraterías, ya me he integrado dentro de la familia. Bueno, en realidad, pienso que fueron ellos los que se adaptaron a mí. Estoy muy a gusto tumbada tranquilamente al sol dejando que los recuerdos de mi corta vida desfilen por mi memoria. A veces me pregunto qué sería de mí si me devolvieran a mis orígenes.

Todas las mañanas la princesa ADA me abre la puerta corredera que da a la terraza.

—¡Mirad a la HATTER! —Se ríen viendo cómo le planto cara a las gaviotas y a los pájaros erizando mi melena como si fuera la de un león.

—¡HATTER, fierecilla! —la princesa ADA está tan orgullosa de mis hazañas que me pasa su mano por mi arqueado lomo en señal de afecto.

Una mañana, a mediados del mes de julio, a los pocos minutos de tumbarme al sol, mi instinto se activó. La que se avecina. Se oían, palabras cargadas de pánico: invasión, contagio, infestación y la inconfundible voz de la abuela aullando como siempre.

—¡MAD HATTER! Ha sido MAD HATTER el foco de contagio.

Descubrieron que la melenaza trigueña de la princesa ADA estaba infestada de piojos.

La abuela se abalanzó sobre mí tratando de inmovilizarme para escudriñar en mi pelaje.

¡Qué ignorancia! No saber que los piojos humanos son diferentes a los de las mascotas.

Yo no soy un modelo higiene, por más que me estoy lavando con saliva en todo momento, pero de parásitos nada. Ya pasé por lo mío con lo de la sarna. Recuerdo el suplicio de todas las noches cuando me rociaban con un espray que contenía un líquido pestífero. Casi me ponen en cuarentena.

Ante tal terrible acontecimiento, la pediculosis, se tomaron una serie de medidas inmediatas:

Primera. Mandaron al abuelo a la óptica a comprar una lupa de gran aumento con dos LED como la de las esteticistas para enganchar en las gafas de la madre de la princesa ADA.

Segunda. La madre se encargó de conseguir la lendrera más efectiva del mercado como instrumento de tortura. Lo que hizo fue descargar de la red una guía para comprarla. Se decidió por una con las púas microacanaladas, muy juntas, para no dejar escapar ni uno.

Tercera. A través de los grupos de WhatsApp se informaron de cuál era el mejor tratamiento para exterminarlos.

Y cuando consiguieron todas las armas les declararon la guerra.

Montaron un CEP, un Centro de Eliminación de Piojos, situado bajo el potente foco de uno de los baños.

La princesa ADA, que era la primera vez que se infestaba de parásitos, no paraba de sollozar ante el horror que se le venía encima.

Un piojo grande y gordo, el que detectaron primero, había formado familia numerosa. En poco tiempo crecieron y se multiplicaron y la princesa ADA los compartió con toda la familia.

Recordaré siempre como aullaba la primera vez que le pasaron la lendrera. Fue un dramón, sobre todo cuando alguno se caía en la pileta del baño aun con un soplo de vida.

—La mejor arma para acabar con ellos es la lendrera pasada con constancia y diligencia —recomendaba el abuelo.

Pasaban la lendrera sobre el pelo mojado y con acondicionador para que los piojos se movieran con más lentitud.

Pasaban la lendrera.

Pasaban la lendrera.

Pasaban la lendrera.

Y volvían a pasar la lendrera.

Aun así, se quedaron en su cabeza todo el verano.

Pasar la lendrera se ha convertido en algo tan cotidiano que ya lo acepta con resignación.

 —¿Hoy cuántos? —Pregunta todos los días

—¿Qué te parece HATTER si les llamamos Los Superamigables? Hay que ver qué nombrecito para esos parásitos asquerosos.