La Boda

Por fin se casan, después de llevar casi un año organizando la boda ha llegado el día.

La novia, ansiosa, se está preparando con su familia. La casa de mis abuelos, sus padres, parece un hormiguero desorganizado. Llevan toda la mañana chocando todos con todos. Desde muy temprano empezaron los preparativos, que si unas maquillándose, que si los otros afeitándose, … Bueno yo no, yo no tengo que hacer nada de eso. Al ser pequeña, estoy bien al natural.

Es un rollo esto de la boda. Estamos a finales de mayo y ya huele a verano y a playa. Cuando visito a mi familia, mis abuelos y mis tías me empachan de mimos y de juegos. Lo que más me gusta es cuando desembocan esos juegos-mimos en la playa. Hoy no hay nada de eso, y aparte de no hacerme caso, están insoportables.

Berreo y tiro todos mis playmobil a ver si se enteran de que estoy aquí. Lo único que consigo es que mis abuelos le reprochen a mi madre por mi educación.

—¡Estás malcriando a esta niña, no deja de molestar! —gruñe mi abuela nerviosa.

—¡NOOO!, lo que pasa es que estáis insufribles por los nervios de la boda! —contesta mi madre mirándome.

Mi madre, la primera en estar preparada, lleva un vestido de lino impecable.

—Necesito un café— dice mientras abre un mueble en la cocina del que cae una cafetera rebosante de café de puchero recién hecho.

—¡Ahhh, me he quemado, mi vestido! —protesta mi madre desesperada.

—¿¡Qué has hecho!? ¡Lo has manchado todo! —le regaña mi abuelo.

Mientras mi abuela y mi madre improvisan un nuevo atuendo apropiado, mi abuelo limpia rápidamente el suelo.

A mí me ponen un vestido blanco con unos zapatos rojos.  Me gusta lo que veo en el espejo mientras me llegan palabras sueltas que no comprendo del todo: algodón egipcio, manoletinas italianas… Mi yo del espejo frunce el ceño.

Los que estamos preparados nos plantamos impacientes en el recibidor. En realidad, a mí me colocan ahí a la fuerza. Al pasar por la sala de estar, había decido quedarme a hacerle compañía a la tele.

Aparecen los abuelos. La abuela está muy guapa con su vestido nuevo de colores, pero el abuelo parece Pepito Grillo. No me gusta su pajarita verde. Me regañan porque sobo a la abuela. Me encanta el tacto de ese tejido que sale de unos gusanos.

La novia sale de su habitación vestida de la cabeza a los pies de color hueso. Mis abuelos y mis tíos aplauden y le dicen que está preciosa. A mí me parece que va muy hortera. Mi tía pequeña le acerca a mi prima que aún es un bebé. Al ver a su madre estornuda provocando una gran lluvia de mocos y babas que forman una constelación en el vestido de novia.

—¡El vestido se ha manchadoooo, ayuudaaa! — dice la novia aguantando las lágrimas.

—¡Ven! — dice mi abuela arrastrándola a su habitación.

Después de una eternidad encerradas en el cuarto de mis abuelos, la novia sale con el vestido limpio. Al final tendré que aceptar lo que dicen mis tías de mi abuela, que es un poco bruja.    

—¡Hala, qué guapa! —le dice mi tía pequeña a su hermana.

Mi prima, desde su carrito, extiende los brazos para que la coja su madre.

—Creo que no debería volver a acercarme a ella. —dice la novia.

Cuando estamos todos en la entrada a punto de salir pienso que casi todos han crecido y me siento aún más pequeña. Enseguida me fijo en que todas las mujeres, incluida mi madre, se han puesto zancos.

Por fin nos vamos. Yo voy con mis abuelos en su coche. También llevan a mi prima mayor que me coge de las manos para jugar conmigo:

En la calle – lle
veinticuatro – tro
se ha cometido – do
un asesinato – to

Aparcamos cerca una especie de mini castillo. Mi madre me dice que es un Pazo. En la entrada se amontona un montón de gente que espera a la novia. Están impacientes e insoportables, sobre todo insoportables.

—¡Ya está aquí! —grita mi abuela.

Intentamos entrar todos a la vez en el Pazo. Pasamos por un jardín esquivando mesas con aperitivo.  Mi prima me arrastra sin mirarme hasta un prado sembrado de sillas.

—¡Ouch, mi ojo! — digo llorando después de tropezar y darme con la esquina de una silla.

Nos sentamos, y hasta que empieza la ceremonia no paran de preguntarle a mi madre por mi ojo morado.

La música suena, pero yo no estoy de humor. Además, menudo rollazo de música.

Por fin aparece el novio cogido del brazo de su madre que llora.

La novia también aparece, pero de la mano de mi abuelo, que parece emocionado.

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Se suben a una especie de pedestal en el que les espera una señora que dice:

—Así, pues, ya que queréis contraer matrimonio, unid vuestras manos, y manifestad vuestro consentimiento…

La señora, a la que mi madre llama oficiante, sigue y sigue recitando, ¡qué lata!

La hija de la novia, que está en primera fila en el regazo de mi tía, interrumpe a la señora con llanto y una perorata:

—¡QUIIIIEEEROOO TEEETAAAA! — parecía estar diciendo

Todos se echaron a reír.

La novia, baja de la plataforma y le da instrucciones a su hermana para que le dé un biberón al bebé.

Otra de mis tías se sube al pedestal y lee un texto que habla de que todos somos un mar de fueguitos.

—Es una delicia de texto— me dice mi madre.

—Bueno, si ya cesan las interrupciones, puede besar a la novia—prosigue la oficiante.

Se besan y todos aplauden, emocionados. Yo mantengo mi mejor cara de amargada.

La novia hace el amago de tirar su ramo de flores.  Ante el asombro de todos se acerca a mi madre y se lo da. Mi madre llora y yo no lo entiendo, ¡si es solo un ramo!

El pazo-minicastillo tiene un restaurante. La comida está buenísima. Me zampo mis raciones de marisco y parte de las de mi madre. La bebida de los mayores también tiene que estar muy buena, los camareros no paran de llevar y traer botellas verdes.

Traen una tarta inmensa. Yo me asusto porque le dan un sable al novio. Mi tío coge la mano de la novia y entre los dos cortan la tarta con mucha destreza.

A mí me duele la tripa de tanto comer. Lo único que quiero es volver a casa de los abuelos y tumbarme a ver la tele. Me hago ilusiones porque salimos del restaurante.

En el jardín nos retiene una pequeña orquesta que empieza a tocar una música que te envuelve y te hace girar.  La novia, busca al novio para bailar.

Tiempo de Vals es el tiempo hacia atrás
Donde hacer lo de siempre es volver a empezar
Cuando el mundo se para y te observa girar
Es tiempo para amar

—¿Habéis visto a mi marido? —pregunta la novia preocupada.

Tiempo de Vals, tiempo para abrazar
La pasión que prefieres y hacerla girar
Y elevarse violenta como un huracán
Es tiempo en espiral

—Lo he encontrado… —dice mi abuelo —está en la sala de mantenimiento “descansando”.

Yo también quiero descansar, tengo mucho sueño y me aburre ver a la gente bailar. Parece que los mayores solo piensan en pasárselo bien. Se me cierran los ojos cuando la novia se acerca con mi primita y una chica desconocida vestida con vaqueros y una camiseta.

La chica nos lleva a una sala en la que hay una tele y dos sofás. Me tiro en uno y antes de que encienda la tele me quedo dormida.