El latrocinio “bocatti di cardinali”

A salvo, en mi escondite, algunas reflexiones despertaron ese rincón de mi conciencia que me da patadas pensando en el latrocinio “Bocatti di cardinali” del que nadie se enteró.

Fue entonces cuando me di cuenta de que solo contándolo me libraría de este gran peso.

Algunos días al despertar de la siesta matutina tendida al sol que entraba por el ventanal de la cocina, un olor fresco y plateado a sal y a mar aromatizaba el ambiente. Era una experiencia sensorial única. Del suelo saltaba al radiador, situado debajo de la ventana, para husmear la procedencia de este agradable y suave olor.

Con los ojos muy abiertos, las pupilas contraídas y las orejas orientadas hacia la encimera de la cocina descubrí el tan celosamente vigilado manjar “Bocatti di cardinali”. 

Era un pescado, de pequeñísimo tamaño, que desde que lo ponían en la encimera de la cocina esperando que se calentase el aceite de la sartén, la vigilancia se doblaba en torno a él. Solo lo podía comer con mis ojos porque era imposible acercarse para darle alguna que otra dentellada.

Los comensales empezaban a llegar de la playa de forma escalonada y cuando ya estaban todos la abuela anunciaba: 

—Todo el mundo a la mesa. Hoy “Xoubas de Rianxo”,”Bocatti di Cardinali”. De la sartén a la boca para que no se enfríen.

Los primeros en celebrarlo eran la princesa ADA y Los Piratuchos, que no dejaban ni las raspas.

La xouba no es más que una sardina antes de hacerse adulta. Por supuesto que estoy hablando de lo que escucho no de lo que conozco.

Recién iniciada la campaña de la xouba de Rianxo esta se convierte en la estrella de las plazas de abastos. Sin embargo, el problema es que escasean y hay demasiados candidatos dispuestos a llevárselas a la boca. Son panzudas y plateadas, a diferencia de las de otros lugares.

¡No me daré por vencida! Día tras día en cuanto mi olfato detecta ese olor fresco y plateado me sitúo al acecho detrás del cristal de la puerta que va a la terraza con los ojos bien abiertos y las patas traseras replegadas bajo el cuerpo. Espero el momento de capturar alguna poniendo en práctica mi bien estudiado plan.

Ese día llegó. Tardó, pero llegó. No fue por despiste de la cocinera, sino por la urgencia de aliviarse de un pis .Y… ¡ZAS! Salto a la encimera .No tengo más que alargar la zarpa derecha y con movimientos rápidos tirarlas al suelo: una, dos, tres, cuatro y así hasta cinco. Y… ¡ya las tengo!

Después, bien asidas con mis afilados dientes, las escondo una a una detrás del zócalo de un mueble de la cocina por una pequeña abertura que tenía preparada.

Por suerte, nadie me sorprendió en plena faena. Como los pájaros y los ratones no se me ponen a tiro, cazo “xoubas”. Para que luego digan que solo se pescan.

Un banquete delicioso. Para repetir cuando se pueda, pero no os chivéis ahora que lo he contado.

Mi primer viaje en tren

El curso escolar estaba a punto de terminar. La princesa ADA, muy ajetreada, trataba de llenar su maleta de juguetes, cuidadosamente seleccionados, para llevárselos de vacaciones.

La tarea no era nada fácil, más bien difícil, decidir qué llevarse para las vacaciones y que dejar en casa. Tomaba un juguete y lo guardaba en la maleta, dudaba, lo sacaba y no sabía qué hacer, si volver a meterlo en la maleta o dejarlo sobre la cama. Al fin el orden fue: primero sus dos juguetes favoritos, la edición especial del sombrerero loco de Alicia y Wonder Woman a caballo, la princesa guerrera de las amazonas. A continuación, empezó a meter las Monster. Sus favoritas Clawdeen Wolf, hija del hombre lobo y Frankie Stein, hija del monstruo de Frankenstein. Por último, puso sobre la cama a Skelita Calaveras, hija de dos Esqueletos; a Draculaura, hija del conde Drácula; a Vándala Doubloons, hija de un pirata fantasma con pinta de hippie; a Abbey Bominable, hija del Yeti y a Nessie, hija del monstruo del Lago Ness. Como no le cabían todas eliminó a Vándala y a Nessie al azar con la retahíla:

Pinto, pinto, gorgorito

dónde vas tú tan bonito

a la era verdadera,

pim, pam, pum fuera.

No le queda espacio ni para el bañador. ¡Buff! Y por encima de todo, en los pocos huecos que quedan trata de meter los peluches a presión, a Bone, una novela gráfica y al libro de Harry Potter y la piedra filosofal.

—¡Oh, no! —resopló su madre—. Los juguetes se quedan. Nuestro equipaje no debería exceder de dos maletas, la mochila con el ordenador del trabajo y el transportín con la HATTER.

Su madre, que tiene mucha práctica organizando maletas, consiguió encajar la ropa de las dos en la maleta grande.

La princesa ADA se sale con la suya y hace varios intentos de cerrar su maleta sin dejar fuera alguna oreja o algún rabo de sus peluches, una vez que lo consigue levanta la cabeza y, haciendo un giro panorámico, descubre que encima de su cama se ha dejado su peluche preferido e inseparable, PepeBu, el burro guardián de sus lágrimas, de sus miedos y de sus sueños.

—¡Chsssss! —me susurra al oído—. Lo llevaré dentro de tu transportín. ¡Qué cabeza de chorlito la mía!

El día de nuestra marcha sonó el despertador una hora antes de que amaneciera y al rayar el alba habíamos tomado un ligero desayuno.

La madre daba instrucciones detalladas para no tener ningún contratiempo en el viaje. Al mismo tiempo metían el equipaje en el ascensor.

—¡Pobrecilla HATTER!— dijo la princesa ADA inclinando su cabeza hacia la rejilla de mi bolso-transportín —Galicia está tan lejos de Madrid… Son muchas horas de tren ¿cómo llegará mi gatita?

Pues sí que fue largo el viaje. Y también horrible. Pesado. Fatigoso.

Viajé de polizón dentro de un bolso-transportín. Como no tenía billete no me metieron en mi confortable transportín tamaño XXL. Durante las cinco horas que duró el viaje mantuve silencio. No sé si fue con el mareo o con la angustia nadie en el vagón se dio cuenta de mi presencia. Yo puse todo de mi parte, me esforcé en sisear, escupir y gruñir en silencio. No le deseo a nadie pasar por esta tortura. ¡Ay! ¡Cuántas horas!

Cuando me parecía que el viaje no terminaría nunca, llegamos a nuestro destino: Boiro, situado en el litoral norte de la ría de Arousa. Es otro mundo. Una vida diferente. Promete. Olfateo el mar.

Toda la familia nos recibió con gran alborozo. Lo primero que hicieron fue abrir el bolso-transportín en el que me llevaban, esperando ansiosos a que saliera zumbando. No se daban cuenta de que mi cuerpo tenía que recuperar la flexibilidad. Poco a poco empecé moviendo mis orejas, que hasta ese momento permanecieron hacia atrás por el miedo. Estiré mis bigotes. La rigidez de mi cola desapareció y mi mirada se suavizó.

En señal de protesta, antes de salir, les bufé un poco. Se rieron con mi bufido ridículo y me llamaron fierecilla.

Cuando consideré que estaba preparada hice una salida triunfal dejando a todos aliviados al comprobar que había llegado en buenas condiciones, aunque sí, debo reconocerlo, un poco mareada y atolondrada.

No tenía ni ganas de comer. Pasados unos segundos, después de beber y aliviarme en la arena, me fui estabilizando del mareo y recuperé mis fuerzas.

Fui bien recibida y festejada. Manifestaron su satisfacción pasándome de unos brazos a otros como si a todo el mundo le cayera bien aun sin conocerme.

Hice todo lo posible por responder cariñosamente a las alabanzas que me hacían los mayores sobre mi aspecto, restregándome en sus piernas y dando saltos acrobáticos de alegría. Lo que voy a decir, aunque suena a gata engreída y a pesar de que los gatos tenemos fama de egoístas y poco aduladores, es que cuando quiero soy una gata cortés y agradecida.

Enseguida mi instinto me alertó y comencé a caminar con pasos torpes hacia el exterior de mi casa de vacaciones para inspeccionarla.

Lo que vi era una novedad muy importante para mí y posiblemente el preludio de nuevas aventuras. Tres grandes terrazas que, cuando las recorrí, me hicieron sentir tan libre como antes de separarme de mi madre y de mis hermanos. El aire era más fresco que en Madrid y con olor a mar. No me aburriría. De ninguna manera.

—HATTER, ya huele a vacaciones, es el olor del mar— dijo la princesa ADA entre risas cuando estábamos llegando.

Doy un salto a una rama del magnolio, de aquí inspecciono las camelias, olfateo los naranjos y el limonero, corro entre las calas y cuando cojo impulso para trepar por la pérgola como las plantas trepadoras que se enredan en ella, mi instinto me paraliza. Escucho con atención durante unos segundos. Con pasos muy sigilosos comienzo a trepar por el tronco de una buganvilla roja, confiando en que no me iba a resultar difícil llegar a la cima, me quedé perpleja con toda la fauna que allí había: torcaces, gorriones y dos nidos de mirlos que alzaron el vuelo en cuanto notaron mi presencia. Se me hizo la boca agua, pues nunca antes se me había puesto a tiro ningún pájaro. Con este alboroto alertamos a un grupo de gaviotas que planeaban con ansia sobre nosotros con vuelos hiperbólicos y graznidos espeluznantes.

Enseguida, cómo no, mi instinto cazador se despertó. Intenté hacerme con una situación dominante para demostrar a todos que este terreno me pertenece y que estoy dispuesta a enfrentarme al que intente acercarse. Mi pelo se erizó desde la cabeza a la punta del rabo, con el cuerpo erguido y mis sentidos aguzados. Estaba lista para el combate. ¡Esto sí que es vida en estado salvaje!

Pero la aventura terminó sin haber empezado. 

—HATTER, HAATTER, HAAATTER…! ¿Dónde se ha metido la HATTER?—.Varias voces me llamaban gritando de forma escalonada. 

—¡Buscadla inmediatamente! —rugió la voz del abuelo—. Rápido, a las terrazas. La puede atacar una gaviota. ¿No escucháis sus graznidos discordantes para llevarse al pico todo aquello que se mueva?

Me desinflé al instante y comprendí que debería ser más cautelosa ante lo desconocido. ¡Pasé mucho miedo! 

Me cerraron inmediatamente las puertas correderas de la terraza. ¡Con lo que me gustaría ser una gata sin fronteras!

—No te pongas triste, HATTER —me dijo la princesa ADA acogiéndome entre sus brazos— Cuando quieras salir, yo te cuidaré para que nadie te haga daño.

¡Cómo no voy a estar triste! Con lo bien que lo podría pasar siendo libre, haciendo lo que quiero, corriendo por donde me apetece para poner a los pájaros en fuga. ¡De cazadora casi me convierto en cazada! 

Pero claro, tienen miedo de que me largue por tejados y terrazas. Como los gatos tenemos fama de llamar a la relación con los humanos, nuestros dueños, una asociación libre que podemos romper nosotros los gatos cuando nos dé la gana, creen que puedo desaparecer para no regresar jamás.

Si se me presentara la oportunidad haría algunas escapadas, pero volvería siempre al lado de mi hermana adoptiva. No la abandonaré.

Solo ella, y cuando digo solo ella es SOLO ELLA, encuentra significados a mi idioma, a mi particular lenguaje.

Cuando ronroneo RRRRRRR, RRRRRRRRR sabe que es porque estoy a gusto.

Si le suelto un ¡BUURRRR! sabe que le estoy llamando pesada. ¡Para ya!

Un MIAU significa hola, buenos días, hazme caso.

Si alargo la vocal “u” MIAUUUUUUU es que quiero comida, que me abra la puerta, agua…

Con el MIUUU entiende que no debe molestarme, porque se aleja y me dice “gata antipática”.

Todos los días cuando regresa de la calle le suelto un MIAWOU y ella sabe que es porque me ha dejado sola mucho tiempo.

La vida en casa de los abuelos es diferente a la que se hace en Madrid. La familia de la princesa ADA que pasa aquí el verano -tíos, tías, primos, primas-, crea un ambiente festivo bullicioso. Todos están muy a gusto, claro que a casa solo vienen a comer y a dormir. Se pasan el día en la playa. Eso me gusta. Yo, mientras, hago excursiones tranquilamente por toda la casa dejando que se deslice el tiempo libre de inquietudes. Duermo pequeñas siestas sobre las piernas del abuelo, que es el que más para en casa y, además, no se enfada cuando se me da por afilar las uñas en el reposacabezas del sillón a pesar de la bronca que le cae cuando llega la abuela controladora. Es muy cariñoso conmigo y se enfada cuando los pequeños se pasan de brutos jugando, temiendo que me puedan hacer daño. Más de una vez me libró de alguna zapatilla voladora. 

La cocina es mi lugar favorito. Amplios ventanales por donde me abrazan los primeros rayos del sol y desde donde permanezco vigilante, sin ser vista, para hincar el diente a las grandes bandejas de carne o de pescado que cada día dejan sobre la encimera para luego cocinarlas. Soy una gran simuladora. Simulo dormir para observar mejor. Es como una fijación, una irresistible tentación. Me siento, a veces, culpable y avergonzada porque todos los días me ponen en el plato las mejores croquetas del mercado. Es como una fuerza oculta que me empuja y ¡ZAS!, un salto y encima de la comida, sin sombra de arrepentimiento. La verdad es que no pongo nada de mi parte para superarlo. 

Algunas veces me pillan con las “zarpas en la masa”. Entonces corren detrás de mí gritando insultos y amenazas hasta que consigo esconderme ¡Pero si solo son pequeñas dentelladas! No es para montar tanto escándalo.

Cierto día, cuando ya estaba entrenada en mordisquear y chupetear las bandejas de carne o de pescado en la encimera de la cocina, al parecer se me fue la zarpa. Sucedió todo después de uno de mis tantos latrocinios. 

—¡HAAAAAATEEEEEER! ¿Dónde está mi gatiña linda? Ven aquí preciosa. Esa voz me resultaba conocida, la abuela, seguro. Había algo que desconcertaba mi instinto. Ese matiz dulce, delicado y hasta cariñoso alargando las vocales…

Agucé aun más mi oído y pensé:

—¡UFFFFFFFF! Aquí hay “humano encerrado”.

La abuela actúa igual que los felinos, que con nuestro “MIAU” multiuso conseguimos todo lo que queremos. Se cree que soy tonta y que me va a engañar con esa vocecita. Entre la desconfianza que me inspiraba y que mi panza, a punto de reventar, no me permitía dar un paso, me estiré sobre el otro costado con las patas extendidas hacia fuera, bostecé y completamente feliz decidí seguir durmiendo en mi escondite.

Los alaridos de la abuela atronaban la casa. Se volvieron iracundos y furiosos.

—¡MADD HATTER!!!!! ¡Donde quieras que estés, te encontraré! ¡Gata ladrona! ¡Desagradecida! ¡Desvergonzada! ¿Cómo has conseguido arramblar con la rodaja de merluza enterita? ¡La merluza del pincho! ¡Vaya con la gata sibarita! ¡Te arrastraré fuera de tu escondite y te lanzaré por la ventana! Razón no me faltaba a mí, eres la “ilustre” representante de la más “ilustre” estirpe del gato callejero.

Con lo sabrosa que estaba esa merluza… y la que me espera. La abuela no para de aullar. Lo que no entiendo es eso de “merluza del pincho”, con lo jugosa y melosa que resultaba al paladar. No me ha pinchado para nada.

Esperaré bien escondida a que pase la tormenta y se apacigüen los ánimos. Como pasan tantas y tantas.

Mientras tanto, reflexiono cómo puedo hacer para acabar con estas fechorías, porque los quiero a todos mucho y, cuando se enfadan, con razón, me duele. 

Pienso que en mi defensa puedo alegar sólidas razones, que son las siguientes:

  1. Hoy se olvidaron de ponerme mis croquetas.
  2. Mi olfato me dirigió hacia la merluza impulsándome como si fuera un cohete.
  3. La primera dentellada que le pegué me invitó a saborearla y a paladearla con entusiasmo.
  4. Me divertí la mar haciendo una transgresión. 

Una ciclogénesis explosiva llamada Antonia

No sé si estará bien decirlo, pero tengo la habilidad de romper, con alguna de mis piraterías, la rutina de los días entre semana.

Soy la primera en despertarme por las mañanas.

Después de desperezarme, mis suaves maullidos de saludo, “Buenos días, ¡eh! Préstame atención”, quieren despertar a la princesa ADA. De una patada me lanza a los pies de la cama.

Todos mis sentidos se concentran en el objetivo. No me doy por vencida. Me preparo, abro los ojos completamente con las pupilas dilatadas, las orejas y los bigotes apuntando hacia adelante extendidos. Empiezo mi sesión de juegos con mi lengüecilla sonrosada y áspera como papel de lija. Se la paso por la cara, por las orejas, por las manos. Está a punto de despertar porque no lo soporta.

 —¡BUAAAaaaaaaaa! ¡Basta ya, HATTER mala! ¡Vete!

Mi instinto de posesión me empuja de nuevo a su lado. Cambio de táctica. Esta vez utilizo mi boca para darle suaves mordiscos en el pelo.

Entreabre los ojos y con una sonrisa me acerca, me abraza y me cobija debajo de su manta.

Me relajo, oriento mis orejas hacia su cara, repliego mis patas, me acurruco y empiezo a soñar despierta.

Será mejor que te trate con respeto, pienso, así tú deberás tratarme con respeto a mí.

Tendré que esforzarme.

Pasados unos minutos en tan feliz estado de ensoñación placentera, saltamos de la cama.

Sigo a la princesa ADA, alegre con la cola en punta. Me pone mi desayuno, cambia mi agua (no siempre) y limpia mi arena (no siempre).

Enseguida aparece su madre en la puerta de la cocina. Me pongo ansiosa para recibir sus mimos. Ojos abiertos, pupilas dilatadas. Mis orejas se mueven hacia ella y mi cola se eleva. Me estampo contra sus piernas y no tarda en cogerme en brazos para saludarme:

—¡Buenos días! ¿Cómo está mi gatiña linda?

Sólo eso. Siempre corriendo. No quiere llegar tarde ni al colegio de la princesa ADA ni a su trabajo.

Las tazas y los vasos del desayuno chisporrotean unos contra otros. Zumo natural de naranja, café, nesquik, pan tostado con aceite, cereal, leche y un bol con frutas variadas cortadas en pequeños trocitos. Todo dispuesto sobre la mesa del salón.

La princesa ADA se entretiene jugando conmigo en lugar de desayunar. Su madre regaña, amenaza con castigos, chilla… Doy un salto a la mesa con intención de ayudar a que la princesa ADA termine el desayuno y vuelco el vaso de zumo. Cuando la madre está a punto de explotar se abre la puerta del piso y entra Antonia.

En teoría viene para limpiar, pero lo primero que hace es calmar los ánimos mañaneros y ayudar a la princesa ADA a vestirse con el uniforme antes de que su madre se dé cuenta. Yo espero agazapada debajo de la mesa a que pase la tormenta.

No podía entender como Antonia, tan cariñosa y apaciguadora con mi hermana adoptiva, cuando se queda sola conmigo no me deja vivir en paz. En cuanto se van se convierte en una ciclogénesis explosiva ¡Con lo que me gusta a mí holgazanear por toda la casa!

Lo primero que hace es abrir las ventanas para que se ventilen las habitaciones y poner las camas patas arriba ¡Como me gustaría echar una siestecita en la cama de mi hermana adoptiva que aun conserva el calor de su cuerpo!

Se acabó la paz y la tranquilidad. Antonia me atropella y me amenaza. Que yo recuerde, ya no es la primera vez que me da con el mocho, sin mala intención, claro, porque yo solo quiero jugar.

Todos los días pasa su tiempo recogiendo el desorden de la princesa desorden-ADA.

Antonia pone todo su empeño en recoger la casa lo más rápido posible, pero yo, dando saltos rapidísimos, le desplazo los objetos para que no los alcance. La confundo. Me burlo de ella apareciendo y desapareciendo como el gato de Cheshire. No entiende que todas estas maniobras forman parte de una sesión de juegos.

—Cuánto me gustaría que no volvieras a aparecer en toda la mañana— me dice con voz seria, mocho en ristre. Tengo que idear un buen plan.

En cuanto le salté a la chepa me enganchó por el cuello y me encerró en el cuarto de baño del pasillo que tiene puertas correderas, pero como soy muy hábil con la ayuda de mis patas delanteras abrí la puerta y me planté desafiante delante del mocho.

— ¡TACHÁN! — efecto gato de Cheshire.

Se rio, pero yo no me fío ni un pelo porque hay risas que matan. Andaré con cuidado.

Mi nombre y el País de las Maravillas

Me llamo MAD HATTER porque así lo había decidido la princesa ADA.

Al igual que el sombrerero de Alicia en el país de las maravillas “no estoy loca, pero mi realidad es diferente a la tuya”.

Recuerdo muy bien que mis padrinos son “Los Piratuchos”, como cariñosamente llaman a los primos de la princesa ADA, y recuerdo, también, cómo fue mi bautizo: una inmersión en el bidé rebosando de agua.

Todo esto sucedió después de mi primer viaje en tren a un pueblo del litoral atlántico gallego, para pasar todo el verano, en la residencia de la abuela.

Aún no había cumplido un mes de vida.

El origen de mi nombre, MAD HATTER, es porque mi hermana adoptiva vive en el País de las Maravillas. Lo descubrí unos días después de mi recuperación del resfriado y de la sarna, cuando ya jugueteaba a mis anchas por casi toda la casa.

En el ático, curioseando por encima de una librería, encontré alineadas treinta y cinco ediciones diferentes de las dos “Alicias”. La verdad es que me quedé maravillada. ¡Cómo me gustaría tumbarlas con mis patas para ver las ilustraciones! Hasta tendría cuidado de no morder ni arañar ninguna página.

Estaban protegidas por dos puertas de cristal, pero con mi pericia y mucha paciencia conseguí abrir una de las hojas de la vitrina y empecé a cotillear en las estanterías repletas de “Alicias”: las había de todos los tamaños, texturas, colores y olores.

Empecé por los libros más pequeños. Todos los que hojeé tenían las ilustraciones originales de John Tenniel y eran ediciones traducidas a distintos idiomas: inglés, italiano, español, portugués, catalán, euskera, francés,… y entre ellas me encontré una edición muy curiosa, Alice Underground, con el texto manuscrito e ilustrado por Lewis Carroll.

Me llamó mucho la atención una edición en las que las páginas contenían desplegables en tres dimensiones representando los capítulos más importantes, acompañados de un texto adaptado, y de una suave melodía.

Y, por fin, en mi recorrido por las estanterías, llegué a las más grandes, pesadas y llamativas, las ediciones especiales, algunas comentadas por filósofos de renombre y todas ellas ilustradas por artistas fascinados por la obra de Carroll que plasmaron mundos surrealistas conformando todos ellos el Universo sin sentido y fantástico de Alicia.

Lo que más me fascinó fueron las distintas representaciones del personaje favorito de la princesa ADA, el que me ha prestado su nombre.

Y lo cierto es que me gusta. Puedo presumir de que no es nada vulgar. Largo, un poco.

Aunque sólo me llaman MAD HATTER cuando me regañan. Incluso si me regañan fuerte alargan las vocales, ¡MAAAAD HAAAATTER!

Para todo lo demás atiendo por HATTER. HATTER ¿a dónde vas? HATTER ¿dónde estás?, ¡Ven, HATTER, a comer!, ¡HATTER, preciosa!

Mi hermana adoptiva, la princesa ADA, me dice ¡gata chalada! Confieso que aparentemente lo parezco, sobre todo cuando me estimula con plumas, tapones, cañas o ratoncitos de peluche. Doy saltos circenses y casi toco el techo. Alguna vez ya me he estrellado contra la lámpara del salón. Emprendo carreras alocadas recorriendo un circuito de velocidad sobre mesas, sillones, sillas, derrapando en las alfombras y desplazándolas. Juego con todo lo que se pueda agitar, mover o girar.

La madre, con mucha frecuencia, dice que tengo la misma capacidad de evaporarme que el gato de Cheshire, aunque la princesa ADA la corrige y dice que lo que pasa es que me multiplico por cero.

En realidad, creo que soy una mezcla de ambos personajes de Alicia en el país de las maravillas: al igual que el gato de Cheshire aparezco y desaparezco a voluntad sin dejar de mostrar mi más bonita sonrisa y, al mismo tiempo, me siento como el sombrerero loco situada en el escaso capítulo de los sabios.

El sombrerero compartió conmigo su sabiduría cuando me invitó a su eterna fiesta del té de “no cumpleaños”. Pero esto es un secreto. No puedo contar cómo sucedió. ¡CHSSSSS!

¿Soy guapa?

Siendo aún muy pequeñita, ya recuperada de la sarna y del resfriado, quedé bastante afectada por los comentarios que la abuela hacia a menudo a través del altavoz del teléfono:

 —Gata recogida, gata enferma, gata sarnosa… Callejera.

Aunque no entendía bien el significado de esas palabras, me parecían feas y me hacían sentir miedo de que me rechazaran. Tenía que poner remedio, de alguna manera, a esta situación. Situación que empeoró la primera vez que nos visitó la abuela. Vino para quedarse unos días. Una visita que no me ha honrado nada.

Estaba yo de vigía sobre el sillón que está al lado de una de las ventanas del salón. Los árboles se veían a la altura de la ventana. Dos pájaros se habían posado en una rama. Pese a ser pequeños, su trino era estridente y agudo. Parecía que querían provocarme gorjeando y levantando la cola.

La abuela irrumpió en el salón siguiendo a la princesa ADA.

Di un brinco y me estampé contra las piernas de mi hermana adoptiva. Traté de ser sociable y cariñosa, a pesar que por entonces no sabía yo expresarme. La miré con recelo. ¿Qué pensará de mí al verme? Con el rabo muy erguido y muy vibrante, froté el lomo contra sus piernas pensando que iba a deslizar su blanca mano sobre mi espinazo. Fueron unos segundos de expectación. Me estudió de arriba abajo, como quien contempla un ejemplar raro y con voz neutra e inexpresiva, ni aguda ni grave, señalándome con el dedo índice dice:

 —“ESO”, parece una rata.

Confieso que me dejó boquiabierta. Yo no es que esperara un “¡Qué mona!”, pero sí que me acariciara y que me dijera alguna de esas cosas estúpidas que suelen decirme las visitas.

¡QUÉ BRUJA LA ABUELA!

Menos mal que no caí en el desánimo y, de forma rutinaria, dediqué parte del tiempo a acicalarme con la saliva.

 — ¡Qué presumida eres HATTER! Mi gatita linda— me decía la princesa ADA cuando me atusaba algún pelo que me salía disparado. A lo que yo, vanidosa, respondía levantando el rabo y las orejas, al mismo tiempo que le acercaba mi cara a su mano para regalarle un beso con la nariz húmeda.

La madre de la princesa ADA me exhibía cuando la visitaban las amigas. Me decía guapa y se mostraba muy orgullosa de mí.

 —¿Os habéis fijado? Tiene en la frente la grafía de la letra mayúscula “M”. Y le soltaba todo un rollo en relación a una leyenda que hay sobre este tema.

 —Desde el momento en que la vi— seguía contando—, supe que esta gata estaba predestinada a vivir aquí con nosotras. Es una gata Carey porque tiene el pelaje avisonado y de tres colores. Es símbolo de buena suerte.

Las amigas me hacían mimos, a veces se pasaban de pelmas. ¡Me daba una rabia!…

En la frente una “M”. Mi pelaje de tres colores ¿Así soy yo?

Estoy deseando averiguarlo.

Mi curiosidad, que siempre ha sido mucha, me llevó en un viaje de reconocimiento hasta el dormitorio de la madre.

Está, con los otros dormitorios y los baños, separado por una puerta de lo que se podría decir que eran mis dominios: el hall, la cocina y el salón.

Aquel día inolvidable me encontraba sola en casa. Comí. Dormí. Me desperecé a placer, estiré una pata, luego la otra y arqueé el lomo. El tiempo transcurría con parsimonia.

Eché a andar hacia la zona restringida. Con habilidad y paciencia, y la ayuda de mis patas delanteras, conseguí abrir la puerta que separaba las dos partes de la casa.

Mi instinto me guio al dormitorio principal. El de la madre.

Enseguida llamó mi atención la cama, bastante más ancha que la de la princesa ADA, llena de mullidos cojines que me invitaban a acurrucarme entre ellos y dormir otra siestecita.

Estaba acomodándome cuando, al girar la cabeza, me quedé perpleja. Allí, en la pared lateral del dormitorio, dentro de un gran espejo— con el tiempo me enteré que así se llamaba— había alguien moviéndose e intentando hacer lo mismo que yo.

— ¡Qué misterio! — pensé. Quedé paralizada con la impresión.

Ese alguien también quedó paralizado dentro del espejo.

Me acerqué muy despacio, con precaución, y observé que la figura del espejo venía a mi encuentro. Se movía igual que yo. Me animé a dar un pequeño salto. Y la figura del espejo saltó. Cuando comprobé que hacía los mismos gestos que yo…

— ¡OOOOHH, FANTÁSTICO MISTERIO! ¡Era yo! MAD HATTER.

Me examiné de la cabeza a la punta del rabo. Los tres colores de mi pelaje: negro, gris plata y naranja. La “M” mayúscula entre mis dos ojos. Las orejas tiesas, los bigotes de dos colores y mis ojos verdes veteados de amarillo con unas pupilas intensamente negras. Me bastaron unos segundos para darme cuenta. Sucedió como una revelación.

—¡Soy guapa, guapa, muy guapa, guapa, guapa…!— Chillé dando brincos de alegría.

A partir de ese día, cuando no me ven, entro siempre que puedo en ese dormitorio.

Ensayo gestos, posturas, movimientos delante del espejo para, luego, payasear con mi hermana adoptiva la princesa ADA. Hasta me contoneo como ella.

A veces se da cuenta de mi sobreactuación y, entre risas, me dice:

—¡Basta ya de tanto postureo, HATTER! Felina vanidosa.